¿Por qué no lo dejas? Fue la pregunta que el viento repitió, como si fuese eco, al mecer el follaje del Bosque negro. Los troncos musgosos y gruesos nacían sobre unas raíces que accidentaban el suelo y se perdían en el techo que ellos mismos formaban con sus copas. La poca luz que se filtraba por la casi opaca pantalla de hojas y ramas permitía ver un reguero de cuerpos inertes con armaduras hechas trizas entre arbustos bajos y flores salvajes. Dos figuras se miraban fijamente. Una de ellas, con postura encorvada y ojos grises blanquecinos brillantes vestía una túnica roñosa de tonos marrones y verdes. Frente a esta, otra figura, esta con armadura negra salpicada de sangre carmesí como sus ojos, espada en mano y un candil con una llama moribunda.

—No te dejaré marchar, engendro —gritó jadeando el dunmer de armadura.

Dejó caer el candil y agarró la empuñadura de su arma con ambas manos para iniciar una carga contra su contrincante. Gritó con ira y dolor mientras los cascos de la armadura no paraban de chocar y hacer ruido. Su carrera se vio cortada por varios jirones de tela negra con brillos púrpura que le inmovilizaron. Hizo ademán de avanzar, pero era inútil. Un trozo de tela fue hasta el candil que aún brillaba tenuemente sobre el suelo y lo acercó a la figura roñosa.

—¿Tú me llamas engendro? —preguntó con voz rota antes de toser—. El egoísmo de tu rey me condenó a existir. La voluntad y el cuerpo de un humano y el poder de una diosa.

Cada palabra que decía, le dolía. Hablar era sufrido para el engendro, lo que generaba largos silencios entre frases. Varios gruñidos del soldado intentando zafarse precedieron una corta parálisis al ver la luz del candil iluminar la faz de su rival. Parecía humano, pálido, pero más de la mitad de su cara estaba consumida por la podredumbre.

—¡No eres la voluntad del hombre! —gritó consiguiendo escapar de las garras de la tela e iniciando la carga de nuevo— Solo eres un experimento fallido sediento de sangre. ¡Muere!

El engendro dirigió su mirada cansada y gris al guerrero en su carga. La espada atravesó su cuerpo llenando de satisfacción al soldado, el cual sonrió y se separó de su arma para observar caer el cuerpo de su enemigo. Pero la mirada del engendro era la misma, no parecía haber recibido una estocada letal en su abdomen.

Un jirón de tela cogió del cuello al soldado por detrás y lo comenzó a elevarlo mientras pataleaba. Las telas sacaron la espada de la herida y la acercaron al guerrero lentamente.

—Unificaré Celes y Terra —hizo una pausa para respirar—. Acabaré con la desigualdad entre mundos. Recuperaré el poder primigenio. Tomaré las vidas que sean necesarias para lograrlo. —cerró los ojos para mitigar el dolor.

Las telas ensartaron al soldado con su espada y lo dejaron caer junto al candil mientras el engendro se alejaba del campo de batalla.


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