Muerte era el nombre de la bestia que rondaba impaciente el Foso de la Riña, arena de juegos particular de Tormento Mazosangriento. Se trataba de una antigua plaza humana, amurallada, coronada por los restos de una catedral, cuyo campanario servía de palco de honor para Mazosangriento y sus invitados.

El esclavista ogro sonreía en su tribuna. A su izquierda se encontraba Templanza, de dorados cabellos y mirada cristalina, a cuyos pies descansaba un saco de oro. A su derecha, encadenado, yacía el cautivo príncipe Verdemar.
–No puedo esperar a ver qué has escogido como rival para mi grifo –dijo Mazosangriento.
–Ni yo a ver cómo cumples tu palabra.
Ambos miraron los saquitos de cuero, puro formalismo, en los que habían depositado sus apuestas. Mazosangriento había desdeñado el rescate ofrecido por la enviada del rey, nada podía comprar que no tuviera ya. Pero una buena diversión siempre enriquece el día. Si Templanza ganaba, el niño sería suyo, si perdía, sería ejecutado.

Se abrieron las compuertas del Foso. El grifo lanzó un chillido agudo, anticipándose a la sangría. Sus espolones habían sido reforzados con cuchillas, su pico, con púas de acero. Sus alas habían sido amputadas para evitar su escape. Sus pupilas estaban fijas en las compuertas, aguardando a su presa.
Un relincho iracundo tronó en la plaza. Primero surgió la punta de una lanza engalanada con alambre de espino. Después apareció el animal en el que la habían implantado, un maltratado pegaso, de pelaje blanco, besado por el látigo, alas quebradas, marcada cojera y ojos llenos de odio.
El esclavista río.


Muerte imprimió su rabia en sus patas traseras, impulsándose contra su objetivo. El pegaso cargó, consciente del poder de la lanza.
El grifo hizo una finta, lanzó un zarpazo. Su rival saltó a un lado, resintiéndose de su cojera con estremecedor relincho. El grifo se revolvió raudo, agitando sus muñones emplumados, mofa de un vuelo imposible sobre su presa. El pegaso esquivó y cabeceó, el pico del grifo partió la lanza con un chasquido. Sus garras aferraron al caballo, lanzándolo por los aires. El animal cayó rodando. Muerte, triunfante, se abalanzó sobre él. El impotente equino coceó, mostrando la fuente de su cojera. Múltiples sierras afiladas, incrustadas en sus cascos, penetraron en el cuello del grifo.
El pico de Muerte se convirtió en una fuente carmesí, el pelaje del pegaso se convirtió en un mapa de horrores. La bestia imbatible cayó.
Mazosangriento abandonó su asiento, divertido por la treta, y recogió los sacos de apuestas. Cuando vio la ficha que había depositado Templanza, empezó a reír. Miró a la mujer, luego al chico, soltó una carcajada.
El ogro sacó su cuchillo y se dirigió hacia el niño.
El niño miró con horror a la heroína.
La mujer recogió el oro del suelo y dijo sin mirarle:
–Es más de lo que me hubiesen dado por llevarte de vuelta.
Una risotada tosca ocultó un chillido pueril.
Abandonadas quedaron las fichas.
Ambos habían apostado por Muerte.

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