El viento traía consigo un olor a podredumbre, marcando el territorio de la bestia. Nunca antes había estado tan cerca de darle caza. La marca de su mano le quemaba con cada paso que daba, siguiendo el rastro por la espesura del bosque. Desde pequeño Lorcan había escuchado que su marca de Sealgair era un bendición, que había sido elegido como protector de hombres y cazador de bestias. Era más fuerte, más ágil y más resistente que otros mortales. Un arma de los dioses contra los seres infernales.

La exuberante arboleda creaba una noche eterna en su interior, pero eso no era problema para la vista de un Sealgair. Lorcan desenvainó su espada, manteniéndose en guardia. La bestia estaba cerca. La quemazón que le subía por todo el brazo era indicativo suficiente y le recordaba lo cerca que estaba de consumar su venganza.

Se cumplían cinco años del día en el que había destruido ese nido de lamias. Nunca olvidaría cuando la última, con el hierro de la espada recién hundido en su abdomen, había pronunciado esas palabras ominosas:

-Hermanas en vida y en muerte, en su nombre te maldigo. Que mi sino aciago consuma todo cuanto amas y la sangre derramada ate nuestros destinos.

Su soberbia le impidió ver el peligro del juramento. Al regresar al hogar no se encontró con el abrazo de su madre ni la sonrisa de su hermana, sino con paredes salpicadas de sangre, los cuerpos de sus padres mutilados y su hermana llevada por la bestia. La maldición de la lamia se había cumplido arrebatándole todo cuanto amaba. Los pocos testigos del ataque describieron una figura de mujer alada y con garras afiladas que se había alejado volando, fundiéndose con el cielo nocturno. Una arpía. La misma arpía a la que Lorcan estaba a punto de dar caza tras años de persecución.

Un ruido a su izquierda le alertó. Gracias a sus reflejos esquivó el ataque, viendo pasar los espolones de la arpía a escasos centímetros de su cara. La bestia se posó en una rama, sus alas desplegadas y prestas para repetir el ataque, pero cuando se lanzó contra Lorcan este logró asestarle un golpe contundente en su flanco. Ella rodó por el suelo soltando un chillido de furia. Él quiso aprovechar la oportunidad para embestirla pero la criatura le apartó arañándole.

Durante unos segundos se tantearon, esperando un error del otro. Echando mano a su daga Lorcan la lanzó con un movimiento ágil. La arpía lo esquivó sin dificultad, pero esa pequeña distracción fue suficiente. El Sealgair arremetió contra ella y le hundió el hierro en su abdomen.

La bestia dejó escapar un alarido. De inmediato las alas se deshicieron, cubriendo sus pies con plumas negras, su piel palideció y las garras menguaron hasta recobrar el aspecto humano. El pánico se apoderó de Lorcan al reconocer los ojos verdes que le devolvían la mirada. La mujer agonizante susurró una única palabra:

-¿Hermano?










Comentarios
  • 1 comentario
  • Me tocó comentar este micro y me gustó un montón, mi favorito de la ronda. ¡Enhorabuena!


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