Tras los párpados, brillan recuerdos de prados verdes, caricias de amor eterno y paz. Todo aquello que era opuesto a la realidad.

Abro los ojos para ver el campo se extiende bajo el acantilado, cubierto por la sangre y vísceras de los cadáveres que se pudren ante el cielo tormentoso. Siento el estremecimiento involuntario de mis alas. La sangre se seca y será un inconveniente para volar.

Dejo escapar un bufido. Sólo es una molestia más, pero nada que pueda detenerme. No cuando lo único que deseo es acabar con los humanos. No cuando mi última voluntad es destripar a todos los elfos. Aquellos seres míseros, bípedos que se arrastran por el fango y no evolucionan hacia los cielos.

Alzo la espada, al tiempo que preparo mis alas y susurro al mundo palabras que sus oídos solo comprenderán en su lengua vulgar.

«Igne natura renovatur integra.»

El filo del arma se tornó en llamas al tiempo que mi cuerpo cae en picado. Extiendo las alas en el último instante para desviar la trayectoria y sentir la sorpresa de aquellos que se movían entre los cuerpos para rescatar a sus heridos.

El metal ardiente corta carne, tendones y hueso sin dificultad. Los primeros en caer no tuvieron ocasión de resistirse, algunos ni siquiera de gritar. Sus cuerpos se desploman sobre los que yacen en el suelo, aumentando las pilas de cadáveres. No tengo que mirar, solo sentir el viento, moviéndome grácil y…

La flecha destrozó el lóbulo de mi oreja izquierda, rasgando parte de mi cuello antes de continuar su camino. Eso detuvo mi vuelo y me enfrentó a quien se había atrevido a herirme.

Una elfa.

Una simple elfa con tres flechas clavadas en la tierra y cuyo arco temblaba.

Desciendo ante ella y los muertos del suelo ruedan por el golpe de aire que dieron mis alas. Doy un mandoble derecho, esperando sentir su cuerpo partido a la mitad, pero la sorpresa fue mía cuando la miserable detuvo mi ataque con una espada corta. Había tirado el arco para defenderse. Posé mis ojos en el arma y, por un instante, siento miedo antes de que la rabia me invada.

Los golpes se aceleraron. Derecha, izquierda, derecha, derecha, izquierda… pero la elfa contenía mis embestidas. Sonrío triunfal. No sabe usarla. Pateo su pecho para distanciarnos. Se acabó el juego.
Una nueva flecha me destrozó la mejilla. Busco en la oscuridad al culpable, pero ya es demasiado tarde. La espada se hunde en mi pecho y yo me desplomo como un vulgar bípedo en suelo mortal.

«Frater…»


Elyanna contemplaba con horror y admiración el cuerpo sin vida del ángel. Era el primero que caía en la Gran Guerra. Una figura se colocó a su lado y posó una mano en su hombro.

—Lo has hecho bien, Ely.

Era una sombra que portaba un arco. Una sombra a la que le fueron arrancadas las alas.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Increíble historia!! Me encantó el final. Hace que cada párrafo valga la pena.
    Muy buena elección de palabras y muy buen uso de oraciones.

    Aplausos!!


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