Caminé, consciente de los pasos que avanzaban tras de mí. Todo estaba saliendo según lo planeado. Distinguí a cuatro hombres que me seguían, sin contar al arquero, que creía estar camuflado entre los árboles. Patético.

Continué andando, fingiendo ser ajena a lo que ocurría, mientras me adentraba en la oscuridad de la noche. Estaba bastante cerca del conocido estanque maldito. Allí, simulé atarme bien la capa, dejando que me alcanzaran.

—Hola, preciosa—dijo una voz pegajosa—. ¿Necesitas ayuda?

Su intención era robarme, no sin antes "divertirse" un poco conmigo, como habían hecho otras tantas veces. Lo que no sabían es que yo era la cazadora, y ellos, mi presa.

Comencé a bajarme la capucha, sabedora de las miradas lujuriosas de aquellos sinvergüenzas. Cuando dejé el rostro al descubierto, sonreí. Y así, desencadené el caos.

—¡Pero qué demonios...!—gritó uno, desenfundando su espada al comprender la trampa.

Hice un gesto con la mano, contactando con el agua que conformaba sus cuerpos, aumentando la presión. Que los humanos estuvieran compuestos mayoritariamente por agua me facilitaba las cosas. Esta obedeció mi orden, reventando sus órganos, provocando explosiones de sangre internas. Si algún día había sufrido alguna clase de arrepentimiento por acabar con vidas, este había desparecido hacía tiempo, dejándome el corazón vacío, únicamente con un propósito: acabar con este grupo de miserables.

Cayeron tres, incluyendo al arquero. Dos quedaron ilesos, cosa que imaginaba que pasaría, pues explicaba que hubieran salido airosos de los crímenes cometidos, cuando la guardia real los perseguía sin descanso. Eran seres sobrenaturales, pero, ¿cuáles?

—Conque una sirena con forma humana. Estarás contenta, ahora tendremos que buscarnos un nuevo grupo con el que saquear, y todo por tu culpa, zorra—escupió.

No esperaron para atacar. Uno me lanzó varias bolas de fuego, las cuales me dejaron quemaduras de gravedad en los brazos. Un duende de fuego. Escurridizos, pero fáciles de matar. Utilicé todo mi poder para generar un torbellino acuático, con el que lo golpeé, derribándolo. Me situé a centímetros de su cara, sorbiendo su esencia. Uno menos.

No vi venir un pinchazo en la espalda que causó  bastante dolor. Me revolví, alejándome. Supe al instante que era veneno; una dosis pequeña, pero unos segundos más y podría haber muerto. Años de entrenamiento, perfeccionándolo con cada delincuente al que asesinaba, todo con el objetivo de encontrar a este grupo y hacerle suplicar clemencia. No podía fallar.

Me giré hacia el hombre-escorpión, que había transformado sus manos en letales aguijones. Tenía que evitar mantener contacto corporal con él. Se echó hacia atrás, cargando su ataque, pero descubrí que tenía los oídos al descubierto. Qué poco precavido. Comencé a cantar, dominando su voluntad con cada nota y obligándole a arrodillarse delante de mí. 

Cuando se hizo el silencio y despertó, era demasiado tarde.

—Piedad—suplicó.

Le corté la cabeza en respuesta, dejando un reguero de sangre. Ellos no tuvieron piedad con ella, mi hermana querida, a la que habían asesinado cruelmente, no sin antes arrancarle las escamas para venderlas en el mercado negro. Tuve la piedad que ellos tuvieron con ella. 

—Deuda saldada-susurré, mientras me sumergía en el estanque. 

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