La cautividad en el frío castillo era el desasosiego de Arnín el Busgosu.
Sus patas de cabra se desgastaban con más facilidad en la piedra y solo deseaba poder volver a hundir las pezuñas en la tierra fresca.
Arnín había crecido en los bosques de las montañas, convencido de que los Gones eran los druidas buenos, encargados de proteger a todas las especies de su reino. No había creído nunca en los rumores que insinuaban que estos druidas estaban detrás de la matanza de xanes o de la extorsión a calderines para que predijeran el futuro a su antojo.
Cuando Arnín llegó a la fortificación de los Gones, en Vetus, para pedir explicaciones y protección en los bosques, se encontró con que los druidas le encerraron en una prisión oscura y le mantuvieron al margen de toda información. Era consciente de que los días pasaban y de que los prisioneros iban desapareciendo uno a uno.
La mañana que escuchó su nombre por los pasillos oscuros supo que su turno había llegado. Su único consuelo era que aquel día sería el último, para bien o para mal.

La luz solar le dolió, pese a ser muy débil y nublada. Estaba en una plaza y pudo intuir a un séquito de druidas vitoreando en las gradas. Frente a él, un ser encorvado, azulado y enorme. Rostro deforme, grandes orejas y dientes desiguales. Cada mínimo movimiento de esta mole provocaba la fascinación entre los Gones. La lluvia apareció y la niebla se hizo más espesa en cuanto el ser posó su mirada en Arnín. El busgosu estaba lo suficientemente instruido para reconocer que aquel ente era un nuberu.
El bigardo atacó a Arnín con un rayo, que supo sortear a tiempo. Este quiso contraatacar con sus astas. Nunca antes las había utilizado en defensa propia, temía no saber hacerlo. Cabalgó y descargó toda su fuerza contra el nuberu, pero lo único que consiguió fue que su asta izquierda se rompiera. Su equilibrio se desestabilizó. Era más fácil mover sus patas en aquella arena, pero seguía sin ser su terreno verde natural. Tuvo una idea. Arnín agarró un puñado del polvo de arena y lo lanzó a los grandes ojos de su oponente. El nuberu se llevó entonces las manos al rostro, su sombrero cayó, la niebla desapareció, la lluvia cesó. Arnín quiso aprovechar aquella dicha para atacar, pero el monstruo era más ágil de lo que aparentaba y había agarrado el cuerno desprendido del busgosu. Todo fue demasiado rápido. Las enormes manos del engendro agarraron a Arnín mientras este forcejeaba. Lluvia fina volvió a caer, persistente.

Segundos antes de que el nuberu le clavara su propia asta rota en el corazón, los ojos de ambos seres se encontraron. Lágrimas ásperas se desprendían de los ojos grises del gigante. Antes de descansar para siempre, Arnín percibió un atisbo de amargura, mezclada con envidia, en el rostro de aquel ser tan esclavo como él mismo.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 19 días

    El uso de la mitología astur aporta un sabor interesante a la historia aunque la verdad me perdí un poco al no serme familiar.
    No me resulta muy grimdark, pero me gusta el final, un poco como gladiadores de un circo romano.

  • Ola D Mar @OlaDMar hace 18 días

    gracias @Jon_Artaza! La verdad es que sí que tenía que haberle metido más grimdarkismo jaja


Tienes que estar registrado para poder comentar