—Existencia. Si tuviera que definir lo que has hecho por mí, en una palabra, sería esa.

Esquivo la mano del muchacho, con una sonrisa triste que nadie puede ver. No soy más que una sombra para todos, una que le debe la vida. Una que no debería existir.

—¿Existencia? Déjate de tonterías. —Se eleva en el aire y flota con agilidad hasta el techo en un inútil intento de atraparme—. Ven aquí te digo. ¿Quién te crees que eres? Tú no eres nada sin mí.

No quiero pelear. Me deslizo por las paredes sin dejar de imitar sus gestos, sus movimientos. Siempre a distancia, lejos de su alcance.

¿Quién soy? Soy una creación involuntaria de un crío perdido en su ansia por huir. Escapó, pero volvió por mí, para privarme de la libertad, del conocimiento, de la capacidad de pensar. Y yo me dejé atrapar; me uní a él de nuevo.Era tarde, la consciencia de mí mismo nunca se apagó.

Aprendí, crecí y maduré.

Hice todas las cosas que él no deseaba.

Me enamoré. Yo la escuchaba, deseaba consolarla tras cada desplante suyo. No sé cuándo se fijó en mí, pero lo hizo y me liberó.

—Tú no has hecho nada por mí, ¿verdad? Solo eres un egoísta. —Miro al hada que nos contempla desde la ventana y le sonrío, se lo debo todo a ella.

Me he distraído, divago demasiado y me alcanza. Noto la punzada que me atraviesa hilvanando mi ser. De mi herida nace ahora una hebra que acaba en su mano.

—¿Egoísta yo? Lo he dado todo por los otros, por salvarles y quererlos —murmura ofendido.

—¿Quererlos? No. Los quieres por lo mismo que a mí. Porque te aterra estar solo.

Clava su arma con rabia en mí, atado como estoy no tengo dónde escapar. Me tiene y lo sabe, pero el tiempo de los juegos ya pasó. Le ataco, como nunca lo había hecho antes. Desde que tengo consciencia he estado con él o huyendo de él. Se acabó.

Esquiva, finta y me dejo herir de nuevo para envolverle con mi oscuridad y hacerle perder el equilibrio y caer contra las frías baldosas. Su cara no es de dolor, sino de sorpresa.

—Imbécil, no puedes hacerme daño, aunque quieras. —Frunce el ceño y gesticula con fuerza—. No eres más que una proyección, una estúpida sombra que no sabe cuál es su lugar.

Se equivoca, él es mi otro yo, mi único amigo, no quiero hacerle daño. En algún momento fue bueno del todo, no como ahora. Pero crecer es parte de la vida y se ha negado a hacerlo demasiado tiempo.

Me aferro a él una vez más, cegándole para que no vea que es Campanilla quién le atraviesa el corazón. Cuando se desploma la abrazo, pero en sus ojos sigo viéndole. Quién fue y quién nunca será. Beso sus lágrimas y cambio, crezco, me transformo.

Ya no soy él, no seré más la sombra de Peter Pan.

Nunca Jamás.

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