—Xelina, eres tú. —La sonrisa desaparece del rostro de Anchiara cuando su amiga de la infancia desenfunda la espada.

—Vaya, no has tardado en abandonar a tus sucios rebeldes.

Xelina ignora la provocación de su padre, que también saca su filo, y se aleja del cobertizo para acercarse a él. Sus cascos dejan huellas sobre el patio del castillo que la vio crecer. Reconoce a su hermano, medio oculto tras su progenitor. Es un centauro orondo en el que distingue rasgos de sí misma, aunque no están cubiertos por el polvo y la sangre del camino. Ha merecido la pena, por llegar a tiempo para interceptarlos antes de que alcancen la máquina voladora que espera en el páramo al que un día llamaron bosque.

—Habría venido antes, padre, pero estaba ocupada matando a los enemigos a quienes los nobles nos habéis vendido.

El duque centauro cocea airado sobre una tierra reseca y muerta.

—¡Necia! ¿Nos entregaría un enemigo un nuevo hogar y nos llevaría hasta él?

—¿A cambio de destruir el que ya teníamos y esclavizar a los nuestros? Por supuesto, traidor. 

Sin decir más, la centáuride galopa directa hacia él, con el acero listo para clavárselo en el pecho. Su hermano y Anchiara corren a refugiarse mientras el gobernante espera inmóvil. Se aparta en el último momento, con un movimiento fluido. La inercia hace que Xelina tarde en virar. Cuando lo hace, encuentra a su padre cargando contra ella. La centáuride alza el filo y detiene el golpe. Con las espadas entrecruzadas, padre e hija se miran. El anillo con el emblema familiar brilla en el dedo del duque. Hace años que ella entregó el suyo al fuego.

—¿Has vuelto solo para matarme?

Xelina calla, concentrada en resistir su empuje. Los cascos se le hunden en el suelo. Se deja caer hacia atrás para impulsarse sobre los cuartos traseros. Su oponente cede a la embestida y logra rasgarle el hombro antes de distanciarse.

El centauro carga de nuevo, pero ella esquiva el ataque con facilidad. Y también el siguiente, y el otro. Las acometidas son cada vez más lentas y torpes.

—¿Es así como luchas, cobarde?

—No, padre. Así es como espero. 

El duque se mira el hombro herido, que tiene un tono morado. Entonces, ya demasiado tarde, comprende.

—Veneno.

—Como el que ellos usan para emponzoñar nuestro mundo —escupe Xelina antes rebanarle la cabeza.

El cuerpo se desploma mientras ella trota hasta su hermano. Le atraviesa el pecho sin dejarle hablar siquiera. Nada que pudiera decir habría cambiado su decisión. Ante la mirada horrorizada de su antigua amiga, le corta un dedo a cada cadáver.

—Venid. —A su orden, dos pequeños centauros salen del cobertizo. Xelina les lanza los anulares amputados—. Tomad, hijos. Estos anillos son vuestro acceso a la nave voladora. —Se detiene frente a Anchiara—. Estos niños son mi fuerza, y mi debilidad. Alguien debe seguir luchando, pero no podré hacerlo hasta que no sepa que están a salvo. ¿Los cuidarás por mí?

Anchiara sonríe. La Xelina que recuerda en su corazón aún está ahí.

—Como si fueran míos, hermana. Tienes mi palabra.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar