La novicia Inés había acudido a la celda de la Superiora después del rezo de la Hora Nona. Al abrir la puerta la encontró desnuda, rodeada de tres descarnadores amenazantes con sus colmillos y sus afiladas garras. Tuvo lucidez como para retroceder hasta la estatua del arcángel San Miguel y arrancarle la espada.

Inés corrió como pudo blandiendo la espada, pero cuando llegó a la celda sólo pudo ver que los descarnadores saltaban por la ventana llevándose a la monja madre. También saltó y comenzó a perseguirlos.

Después de varias horas caminando llegó a Orunum, el pueblo maldito. Sus calles embarradas dejaban ver edificios decrépitos y ruinosos. De la viga saliente de una casa, colgaba crucificado un cuerpo humano carcomido por aves carroñeras y de mal agüero.

De pronto, un descarnador saltó de un tejado y, desafiante, comenzó a rugir en la cara de la joven monja. Inés levantó la espada y la hundió rápidamente en el estómago del ser. El acero penetró con facilidad en la carne y la sangre brotó rabiosa impregnando el rostro y el hábito de la pequeña.
Imparable, continuó su camino sin quitar la vista de la cúpula del templo que se erguía sobre la colina negra. Cuando llegó la puerta principal estaba abierta y en el salón, sentada en una silla cubierta de pieles, se encontraba la Madre Superiora.
Cuatro descarnadores agazapados sobre sus patas miraban y rugían a la niña monja cubierta de sangre.
Uno de ellos corrió hacia Inés. Con un rápido movimiento de su espada le alcanzó en pleno hocico y seccionó el morro que fue volando hasta golpear la pared.
Otros dos descarnadores le atacaron a Inés por los flancos. La obligaron a hacer un giro completo sobre sí misma enarbolando la espada y batiéndola a ambos lados. Las dos bestias cayeron agonizantes.
El último descarnador saltó sobre ella. Inés se tiró al suelo y sujetó la espada apuntando al techo de manera que el animal cayó con su cuerpo ensartándose en el acero.
La Madre superiora la miraba aturdida y repugnada.
—Pero ¿qué has hecho insensata?
—He venido a rescatarla, Madre.
—¿A rescatarme? Ellos eran mis niños, me estaban cortejando y los has matado. Si no hubieras metido tus narices curiosas en mis aposentos, nada de esto hubiera ocurrido.
Inés se quedó inmóvil. Algo comenzó a cobrar sentido en su cabeza. ¿Qué dios padre envía legiones de bestias inmundas a cazar a niñas y a aparearse con sus devotas mujeres? Cuando comprendió todo levantó su espada con rapidez y, de un tajo, cortó la cabeza de la Madre Superiora que cayó rodando a sus pies. La cogió de la larga cabellera y se alejó camino del convento.
Cuando llegó, las otras novicias pudieron ver cómo depositaba la cabeza de la Madre Superiora sobre los brazos del arcángel San Miguel.
—Vuestra fe no os salvará —les dijo.
Y se marchó llevando la espada de la que ya no se separaría hasta el final de sus días.















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