— ¡Otra victoria para la Harpía Escarlata!

La voz del maestro de ceremonias y los vítores del público inundan el coliseo a la misma vez que la gladiadora tabaxi se derrumba, con mi lanza atravesando su pecho.

— ¿Y a quién se enfrentará en el último enfrentamiento de hoy?

Las gradas vuelven a rugir. Mi cabeza retumba como un tambor. Solo una pelea más, me digo, y podré volver a mi nido cargada de oro, a quitarme la sangre ajena de las plumas.

Alguien retira el cadáver. Y mi arma. La puerta mecánica se abre con un chirrido. ¿Qué será esta vez? ¿Un ankheg? ¿Otro lycan?

Un niño abandona la oscuridad más allá de las hojas metálicas. Una figura más grande lo sigue presuroso, y lo envuelve en sus brazos fuertes.

—¡Tenemos a un ladrón como último plato! O más bien... A dos ladrones.

Criminales. Esto es nuevo, los suelen ajusticiar de día. Los habrán cogido esta misma tarde, el broche de cierre perfecto.

Me fijo mejor en ellos. Nagas, a juzgar por la cola escamosa que arrastran por la arena blanca. El mayor me clava una mirada furiosa. Ellos se lo han buscado. Todos saben dónde acaban los criminales.

—¡Una pelea sin armas, para el disfrute de todos! —el tono alegre del maestro parece fuera de lugar, como una criatura cantando en mitad del cementerio— ¡Que empiece ya!

El pequeño tiembla. Su acompañante lo hace retroceder hasta la puerta cerrada, le acaricia la cabeza con ternura.

Entonces desaparece. El naga se mueve rápido. Está delante de mí, puedo ver el sudor en su frente, y agarra una de mis alas. Intenta morderme. Yo salto, le araño el pecho desnudo con mis garras. Él me lanza a pulso contra la arena, contra el charco de sangre que ha dejado la tabaxi, y oigo un crujido. 

Reprimo un grito al notar el peso añadido del ala rota, y doy un golpe a ciegas. Esta vez, mi arañazo alcanza su cara, y consigo aturdirlo lo suficiente para alejarme de él. No puedo volar.

Desde la esquina, el niño sigue nuestro enfrentamiento con ojos desencajados. La solución cruza mi mente, pesada, definitiva. Todos saben cómo acaban los criminales.

El naga viene detrás de mí, reacciona un segundo demasiado tarde. Mis garras se mueven por sí solas. El grito del niño parece alcanzar el techo y el cielo que se extiende más allá. El público ahoga una exclamación.

— Eress un monsstruo.

Me giro, desganada. Ésa soy yo. Un monstruo para asustar a los niños.

— Me gano la cena. No como otros.

Contempla el cuerpecito tendido sobre la arena, luego me mira. Por un momento creo que va a atacarme, a vengarse. Estoy deseando acabar de una vez.

Pero simplemente levanta el brazo y muerde a la altura de su muñeca, inyectando veneno negro por debajo de la piel. Mi respiración parece detenerse unos instantes.

La lustrosa cola se tambalea, parece perder brillo cuando mi adversario cae al suelo, víctima de su propia ponzoña.

De nuevo, escándalo. De nuevo, sangre sobre la arena. Una nueva victoria para el monstruo.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Ola D Mar @OlaDMar hace 20 días

    Me parece muy interesante que nuestros nombres en esta plataforma se parezcan bastante, pero aún es más casualidad porque tu relato fue mi favorito de los tres que tuve que calificar!
    Te añado para seguir leyendote :)


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