…que acabamos haciendo siempre los mismos. Porque los altos y estirados señoritingos de Ciudadragón no se manchan las manos. Prefieren rascarse los bolsillos para que mercenarios hechiceros trasgos como yo, Trest Dienteduro, bajemos a estas cloacas para limpiarlas de criaturas que temen por orgullo, cobardía, o superstición. Para que así humanos como el Alcaide de Rocaforte, cuyas monedas me esperan a la salida, puedan seguir haciendo su trabajo de protección de la fortaleza, enfundados en su brillante armadura.

Por lo que aquí me encuentro, con mi ajustada protección de cuero duro empapada de excrementos, y teniendo que usar un frío fuego fatuo invocado para iluminarme, pues una antorcha podría hacer estallar una acumulación de gas, y dejarme atrapado, resultando peor el remedio que la enfermedad. Acabo con varias docenas de huevos en cuyo interior se atisba ya movimiento, y aquí viene una enorme bola de larvas que estalla a mi alrededor tras el mandoble de mi espada. Me rodean por todas partes intentando introducirse entre las cinchas que ajustan el cuero que me protege como una segunda piel, tan prieta que apenas respiro, precisamente para evitar que nada llegue estar en contacto con mi cuerpo. Golpeo a mi alrededor una y otra vez con mi espada cercenando todas las culebreantes formas albinas que puedo, mientras mi mano izquierda intenta alcanzar a las que se deslizan lejos de mí mediante arcos eléctricos. Agoto tanto mis reservas de magia como el vigor de mi brazo derecho tras asestar los golpes que acaban con el resto de las crías.

No veo más movimientos bajo el resplandor de mi fuego fatuo, pero sí percibo sonidos feroces acercándose desde la oscuridad del conducto más adelante. Intento recuperar mis maltrechas fuerzas, pero no antes de que se abalance sobre mí el gran gusano blanco que he venido a erradicar, rodeándome con su larga forma anillada, dejando mis brazos pegados a mi cuerpo y haciendo inútil mi espada, que suelto al intentar revolverme, sin resultado. El formidable ser me aprieta más y más, mientras abre ante mí sus babeantes fauces repletas de hileras concéntricas de dientes curvos. Busco la daga oculta en mi cinturón, reuniendo mis últimas energías para extraerla de su funda, girarla, y hundirla hasta la empuñadura en esa piel viscosa y fuerte que me asfixia. Rasgo hacia arriba, liberando sus nauseabundos fluidos internos sobre mi maltrecho cuerpo, llegando al fin a separar en dos toda su longitud superior, justo antes de que sus fauces se cierren sobre mi cabeza. Apenas tengo fuerza para lograr librarme del cadáver de mi enemigo y emprender el camino de vuelta, casi a cuatro patas, entre las miasmas que me rodean.

Vaya un trabajo de mierda. Nunca mejor dicho, sobre todo ahora que me toca volver a salir del interior de las tripas del Alcaide de Rocaforte, al que acabo de librar de sus parásitos intestinales.

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