El elfo de pómulos altos, nariz ganchuda y labios finos apuraba su desayuno ajeno a las figuras que acaban de entrar en mi taberna

Cinco comadrejas de la guardia del rey le rodearon. La más gorda golpeó la mesa y volcó la jarra de metal. Kronvië, como me aseguró que se llamaba, levantó la vista de su plato y la criatura chilló y alzó su garra. Aunque sus alaridos eran incomprensibles para oídos como los nuestros, sin duda reclamaba que les acompañara.

Recogí las botellas de licor bueno de la barra y palpé la parte inferior del mostrador. Allí encontré a Catelyn. Una magnífica garrota de madera de bordeal a la que todos los trolls borrachuzos del lugar temían. Por si acaso.

El forastero dejó su asiento, recogió la jarra y, con ella, golpeó a la bestia en el hocico. Maldición, ya se había montado. Aquel desgraciado olía a problemas, pero había prometido una paga generosa por una cama y un plato de comida. Tenía que ser espía.

Mientras que el animal taponaba la hemorragia, partió los dientes de un codazo a otro atacante y quebró la rodilla de un tercero con una sola y certera patada. Subió de un salto a su mesa, pateó su plato acertó en el entrecejo de su cuarto oponente. El quinto logró desenvainar su espada y asestó un golpe al aire. El elfo le esquivó de un brinco, volvió al suelo, tomó un taburete y lo estampó en el casco del zopenco, que cayó de bruces.

Pelear contra las comadrejas era divertido. Yo mismo lo hice en mi juventud. No eran fáciles de matar, aunque sí de derribar.

Para desgracia de mi mobiliario, tres de los esbirros del monarca volvieron al ataque. Se echaron encima de mi huésped y comenzaron los arañazos y los mordiscos. Atravesaban y arrancaban la piel. Los movimientos del elfo cada vez estaban más limitados. Arrinconado contra la pared, apoyó sus botas en ella y se dio empuje hacia atrás. Los cuatro contendientes rodaron entre las mesas. Se topó con la espada de su oponente y rebanó sus gargantas en tres rápidos movimientos. Tal vez fuera mercenario.

Antes de poder abrir la boca el comensal se adelantó a mis pensamientos

—Te pagaré bien. Tu tarifa por noche y comida es de tres bartos. —Depositó un saquito en mi mano—. Acepta veinte monedas de cincuenta nikqles.

—¡Estarás de broma! Nunca he visto un nikqle. A ver, Kronvië, ¿de dónde las has sacado? —Agité mi recompensa—. ¿Es por eso que te perseguían las bestias del tirano?

—El tirano anda huido. Todo el reino lo sabe. Acepta mi oro y no hagas más preguntas. Eso nunca hizo bien a nadie.

Volvió a donde estuvo su asiento, recogió su hatillo y salió en silencio. Abrí la faltriquera. Allí había una pequeña fortuna. Monedas doradas de una redondez perfecta, con la efigie del rey elfo grabada en ella. Un tipo con los pómulos altos, nariz ganchuda y labios finos. Maldición.

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