Lashana rodó ladera abajo, recuperó su espada y se puso en pie tan rápido como pudo. A su espalda se abría un precipicio, una herida gigantesca a los pies de la montaña. El dragón echó la cabeza hacia atrás y escupió una llamarada que la obligó a echarse atrás, trastabillando. Aquella bestia no parecía dispuesta a rendirse. Había perdido un ojo y varios dientes, sus alas estaban tan destrozadas que era incapaz de volar, pero aún se mantenía en pie. Lucharía hasta el final, al igual que sus compañeros. Lo único que podía hacer era concederle una muerte noble.

—Un triste final para un gran pueblo —jadeó la elfa, señalando con su filo el campo repleto de cadáveres empapados en sangre humeante—. Debisteis rendiros ante nosotros.

—¿Y convertirnos en vuestros esclavos? ¡Jamás!

El dragón hizo una finta con su lanza, apuntando primero a su ojo y después, a una velocidad inconcebible para un ser de su envergadura, girando hacia su rodilla. Lashana logró desviarla a duras penas.

—No habría sido así. Nuestro rey os respeta. Sois fuertes e inteligentes. —Lanzó una estocada—. Juntos hubiésemos sido imparables.

—Vuestro rey es un cerdo —rugió su contrincante—. Ahí adonde va solo trae ruina y muerte. ¿Acaso no arrasaron sus caballeros Undagar, el bastión de los humanos, aún después de que su regente rindiese la ciudad? ¿No violaron y mataron a sus habitantes? ¿No echaron a sus niños a los perros?

Lashana perdió pie y la lanza la alcanzó, arrancándole una oreja. A pesar del dolor, no desaprovechó la ocasión. Sujetó el fuerte antebrazo escamoso con una mano y con la otra hundió su espada bajo las costillas del dragón. La sangre ardiente le quemó la piel, pero ella no soltó el arma. Su contrincante contempló, impávido, la empuñadura ensangrentada que sobresalía de su abdomen. Después levantó la vista y sus ojos amarillos se encontraron con los de Lashana, plateados como la luna. La elfa no pudo evitar estremecerse.

—Tu rey se sentirá orgulloso. —Su aliento ardiente olía a sangre y azufre—. Hazme un favor. Dile que mi cuerpo cayó al abismo. No dejes que mi cabeza adorne su pared.

Lashana tragó saliva y asintió. El último dragón se desplomó muerto a sus pies. Lo contempló durante unos minutos, reflexionando. Después, clavó su espada en el suelo y con un esfuerzo supremo hizo rodar el cadáver hasta lanzarlo al insondable abismo. Lo vio caer y golpearse contra los salientes de roca hasta desaparecer en la oscuridad. La sangre le resbalaba por el cuello, empapándole la camisa, pero no le importó. Recogió su espada y contempló el filo con el que tantas vidas había segado. Una especie entera, aniquilada. «¿Para qué?», se preguntó. Apretó el puño con fuerza en torno a la empuñadura y la lanzó al mismo abismo al que había arrojado a su enemigo.

—Se acabó —dijo en voz baja. Dio media vuelta y se alejó de aquel campo sembrado de muerte que los buitres empezaban a reclamar.

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