Ekain desmontó la cafetera para lavarla también por dentro. Dejó todo sobre un paño en la encimera y regresó al mostrador de la sala principal. El techo, enteramente de cristal, dejaba pasar los rayos de un sol que ya se dejaba caer por el horizonte, y que se perdía entre los jardines de las azoteas vecinas. A esas horas ya no quedaba nadie en el pequeño bar. Aunque ahora que lo pensaba, Ekain llevaba mucho tiempo sin verlo tan lleno como en esos primeros días.

Cogió las llaves y se dirigió a la puerta para cerrar. Por el camino, pisó un sobre que alguien había introducido en la ranura de cartas. El hombre lo desplegó con cuidado.

—Oh, no —dijo leyendo las primeras líneas.


Youko se apoyaba distraída sobre una mano para mirar lo que la ventanilla le ofrecía. Desde la estructura de acero y vidrio del dirigible, se podía ver la ciudad en su totalidad, y otros dirigibles que surcaban los cielos a la luz del atardecer.

—¿Café? —El azafato le ofrecía llenar su taza.

La mujer asintió, aspirando el aroma amargo que salía de la cafetera. Cuando el azafato se hubo marchado a atender a otros clientes, Youko desplegó un taco de papeles que todavía no había revisado. Con la de trabajo que tenía, apenas tenía tiempo para leer cartas. ¿Es que ya nadie usaba el teléfono?

—Oh, no —murmuró con la primera de ellas entre las manos.


Desde la azotea, Kiram observaba los dirigibles arrimado a la barandilla de acero y placas de cristal. Tenía el caballete montado junto al árbol de la esquina, pero todavía no había conseguido dibujar nada. Tal vez leer algo lograse romper su síndrome de la hoja en blanco. Cuando abrió el libro, una carta que había estado usando de marcapáginas resbaló a sus pies. Llevaba unos días ignorándola, tal vez era el momento de abrirla.

—Oh, no —maldijo, arrepintiéndose de no haberla abierto antes.


Los tres hermanos esperaban sentados a que el notario terminase de poner todo en orden. Tenía la famosa carta en sus manos, y la leía en alto para ellos, una vez más.

—Lamento comunicarles que su abuelo Suvan Sunon ha fallecido a la edad de 110...

Pero Ekain no podía seguir escuchando. Así que había muerto... y con solo 110. Ni siquiera Youko, de naturaleza intranquila, se atrevía a moverse en su asiento. Era la butaca favorita de Suvan. Y aquel... aquel era su salón. Siempre lo había tenido lleno de plantas, aunque ya no quedaba ninguna.

—El señor Sunon os deja esto en herencia —concluyó el notario, extendiéndoles un cuaderno.

Cuando Kiram lo desplegó con cuidado, apareció prensada entre las páginas una planta extraña. Su tallo estaba lleno de pinchos y terminaba en una pelota de hojas rojas.

—¿Qué es? —preguntó Youko.

—Una rosa. No da cereales, es una flor.

Así que una flor. Tras la Catástrofe Climática, las empresas habían conservado solamente las plantas que daban fruto, para dar de comer a las ciudades. Las rosas, sin utilidad aparente, habían sido desplazadas como recuerdo.

Como el abuelo.

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