Estaba malhumorada y sin ganas de volver más a trabajar. Deseaba llegar a casa, meterme debajo del grifo del agua caliente y olvidar. Pero sabía que eso iba a ser difícil pues me esperaban dos "monstruitos" en casa. Cuando llegué, contra todo pronóstico, reinaba la calma en el salón. Los pequeños estaban viendo “Astérix, el Gladiador”. Mi padre les había confeccionado un disfraz y les había puesto una ramita de laurel detrás de la oreja. Los niños estaban contentos y merendando sin rechistar.

- ¿Me podéis explicar de qué va todo esto?

- Estamos preparando una fiesta para los vecinos nuevos–anunció Lucas-.

- ¿Vestidos de romanos?

- Queremos que sepan que aunque sean “romanos” los querremos igual –apuntó Román-.

No pude dejar de reír. Les expliqué la diferencia entre “romano” y “rumano”. Se me olvidó el malhumor. Al menos por aquel día.

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