Lo que más valoraba Sabrina era el legado de su familia; una familia que se había dedicado a crear un mundo mejor y era reconocida mundialmente como la principal fuerza de la revolución verde. Por eso le costaba creer lo que esos papeles decían.

Hacía décadas que sólo se usaban documentos digitales, lo que ya daba una idea de su antigüedad. Eran informes de patentes, de los inventos de su tatarabuelo, pero firmados años antes de que él supuestamente los creara y a nombre de otra persona. El legado que su antepasado había dejado no era el de la revolución verde, era el de un ladrón.

–Creo que es una lectura muy interesante. – Le había dicho aquel hombre hacía dos semanas. Habló tranquilo mientras estudiaba el ramo de flores que había sobre la mesa del despacho, acariciando los pétalos.

Sabrina no quería ni preguntar dónde había conseguido los papeles. Sólo deseaba saber qué quería ese hombre a cambio de que nadie más los viera. Con una sonrisa pícara él contestó:

–Dinero. En cantidades ingentes.

Tenía dos semanas para reunir la cantidad que pedía y entonces le entregaría todos los documentos. Sabrina aceptó sin decírselo a nadie. Proteger el legado familiar era su trabajo.

Llegó el día de la cita y, mientras esperaba a que llegara el hombre, Sabrina se entretenía mirando por la ventana de su despacho. A sus pies podía ver la ciudad de Lavallen bordeando el río, con las líneas de tranvía que lo cruzaban y las cúpulas de cristal que sobresalían de entre los árboles. El verde y marrón de las plantas se entremezclaba con el blanco de los edificios en perfecta armonía. Nunca se cansaría de admirar esa vista. Era el ejemplo perfecto de que el trabajo de su familia era importante, a pesar de lo que dijeran esas patentes.

–¿Tenéis el dinero? – Preguntó el hombre al llegar.

Sabrina enseñó la USB que tenía en la mano.

–¿Y los papeles?

El hombre señaló su maletín. Al sentarse en el sillón se fijó en el ramo de rosas que había sobre la mesa y no pudo evitar coger una, con la mala suerte de pincharse.

–Debería quitar las espinas a las rosas.

Sabrina se limitó a encogerse de hombros mientras comprobaba que estaban todos los documentos originales. Le iba a entregar la USB al hombre cuando se dio cuenta de que no tenía buen aspecto. Se había puesto pálido y su frente brillaba por el sudor.

–¿Se encuentra bien?

–Sí. – Contestó con dificultad – Sólo necesito alg...

No pudo terminar la frase. Se intentó poner de pie pero cayó al suelo, con los ojos en blanco y convulsionando. Cuando paró ya no respiraba. Sabrina le miraba quieta desde su silla, sonriendo.

Con los conocimientos y medios necesarios para modificar el genoma de las plantas se podían hacer grandes cosas, como aumentar la capacidad de producción de oxígeno de un árbol o crear flores que protegieran a las abejas. Incluso se podía añadir veneno de pez fugu a una rosa y, con un simple pinchazo, defender tu legado.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar