Pedaleo tranquila por la senda principal de nuestra vecindad. Me dirijo al hogar donde vive Abuelo, al final de una calle custodiada por árboles en pendiente hasta la playa, más allá del puente bajo el cual discurre un riachuelo de agua cristalina. El sol de primera hora inunda el espacio visual, suficientemente para recargar la batería de mi bicicleta eléctrica. Unos cien años atrás, la luz del mismo sol apenas era perceptible debido a la contaminación atmosférica.

   Ahora, eso solo ocurre cuando las nubes nos visitan, y nuestras baterías no son como aquellas de antaño, su recarga es mucho más sostenible y su vida útil no tiene un final predeterminado. Como nuestra forma de vida que, según Abuelo, es mucho más natural y acorde con nuestro entorno.

   Abuelo tiene un huerto en la parte trasera de su hogar, junto a la playa lamida por olas calmas, a estas horas. Al llegar, dejo la silenciosa bicicleta en su fresco porche y atravieso la cortina de conchas marinas, que hace de puerta. Su repicar le avisa que tiene visita.

   —Pasa Alba, te vi llegar —me cita incluso antes que yo acceda al huerto.
   —¿Ha llegado el día? —Pregunto con el ánimo que me caracteriza.
   Lo veo en pie, mirándome. Sé que con su cuerpo pretende ocultar algo detrás de él. —Tu siempre tan positiva, hija—. Le veo sonreír.
   —¡Sé lo que quieres!, esconderme las primeras rosas.
   —Quería sorprenderte. ¡Hace poco que se han abierto! —El rostro de Abuelo dibuja una sonrisa franca.
   Me acerco y observo maravillada las flores. Hay rosas amarillas, rojas y azules. Reflejos de luz solar las hace brillar con miles de puntos líquidos que la madrugada dejó en sus pétalos.
  —¿Me traes lo mío? —Demanda Abuelo.
  —Miel y pan de centeno, como me pediste ayer.
  —Prepararé un buen desayuno. Hay tortas de cereales y mermeladas. También hay sirope de avena, la bebida que tanto te gusta.
   —Tal vez debería avisar a madre... —Sugiero abriendo mi tableta de estudio y comunicación.
   —Hablé con ella hace poco, cuando te vi cruzar el puente. Me pareció verle una mirada radiante esta mañana.
   —Ayer vino Juncal, pasaron la noche juntos.
   —¡Vaya con el bribón de Juncal!, tiene a tu madre mareada con sus idas y venidas.
   —Me cae muy bien, Abuelo. Me gustaría que compartiera nuestra lumbre más a menudo.
   —Si sigue en tu hogar a la hora de comer, dile que pase a verme antes del anochecer. Le prepararé un pequeño parterre con rosas, para que se lo ofrezca a tu madre. Si quiere comprometerse con ella, debería seguir la tradición, y pediros que lo acojáis bajo vuestro techo.
   —¡Sería nuestro dragón familiar! Le diré que pase.

   Abuelo sonríe por mi ocurrencia, mientras prepara el desayuno. Al poco de terminar el tentempié, llegan mis compañeros de estudio. Somos siete los discípulos de Abuelo.           Encendemos nuestras tabletas digitales y nos sentamos a su alrededor, en semicírculo. Él nos observa y sonríe; empieza una nueva aventura. Hoy toca geometría.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    Un cuento plácido y luminoso.

  • Gracias por tu visita @Jon_Artaza. El relato tiene algún "pero"... me ha sobrado algún detalle explicativo y explicar eso del dragón familiar, que fuera de mi tierra no se ha entendido, creo. Sant Jordi, una Rosa, una princesa y un dragón. Cosas de la vida. Y la tilde del título, ha penalizado alguna valoración, aun y así, por lo menos no tengo ningún suspenso esta vez ;-)

  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    @Jon_Artaza Creo que es un poco desmesurado rebajarle algo por una tilde. Es un cuento tranquilo.


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