Minthe había estado años ayudando a Sartre y ahora, justo un mes después de la jubilación del doctor, los resultados cambiaban. Incluso repitió las pruebas que había hecho su becaria para convencerse de que no era un error de procedimiento.

—Los niveles de toxicidad han bajado drásticamente… También la contaminación en el agua.

—¿En serio? —la supervisora no sonaba muy convencida.

—¿Quizás la naturaleza… se ha ido recuperando? —aventuró Minthe.

Ese había sido su único consuelo mientras escuchaba los agoreros análisis del doctor Sartre.

Habían construido una sociedad que funcionaba como los engranajes de un reloj. La ciudad perfecta, repetía siempre el doctor. Quizás los cambios habían ayudado a reparar el pasado contaminado que habían dejado fuera de la ciudad. Quizás la naturaleza había seguido su curso. Quizás… ¿Podrían volver a salir al exterior?

—Deberíamos revisar que la máquina de análisis…

—La máquina funciona a la perfección —cortó la supervisora—. Mañana le mandaré estos informes al secretario de medioambiente. Déjalo por hoy y vete a casa.

Pero Minthe no podía quedarse de brazos cruzados esperando.

Tras recorrer el túnel embutida en un incómodo traje de aislamiento, abrió la última puerta con emoción contenida: Nunca había salido al exterior de forma física, siempre había utilizado los robots.

La luz del atardecer cegó a Minthe. Había plantas por doquier, los pájaros cantaban, el aire mecía las ramas de los árboles y, justo al lado de la puerta de salida, había crecido un rosal.

Se paró unos instantes a mirar una gran rosa roja antes de quitarse la protección del rostro. El aroma inundó sus fosas nasales y Minthe supo que no debía revisar la máquina para saber si funcionaba bien.

Los resultados eran correctos.

Volvió sobre sus pasos ignorando el localizador que vibraba en su bolsillo. No era un buen momento para leer ningún mensaje. Tenía un problema más grave: la puerta de vuelta a la civilización no se abría.

—Veo que Sartre no te explicó cómo hacer bien tu trabajo.

Desde el otro lado de la puerta, la voz de su supervisora le heló la sangre.

—Lo siento, Minthe. No puedo dejar que vuelvas hasta que comprendas que las cosas deben seguir igual. Nadie puede saber que fuera de la ciudad todo está bien.

Se dejó caer al suelo desesperada.


La máquina funciona a la perfección. Habían estado alterando los resultados durante todos esos años. La ciudad perfecta. ¿Eran un experimento a pequeña escala? ¿Les veían capaces de repetir los errores del pasado y preferían dejarlos encerrados en la ciudad?

Entonces, el localizador vibró de nuevo y Minthe leyó el mensaje. Sonrió esperanzada.

—¿Sabes? Me olvidé de decirle a mi becaria que tú mandarías los informes, así que lo ha hecho ella. Ya se los ha entregado al secretario.

Cuando leyeran esos resultados positivos, la reacción iba a ser imparable. Sartre se había equivocado: no volverían a contaminar, era absurdo. Habían aprendido bien la lección y estaban preparados para tener un futuro brillante.

Como única respuesta, la puerta se abrió.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar