Al fin todos los seres humanos hemos logrado evolucionar hasta límites que nuestros ancestros no podrían ni llegar a imaginar en sus sueños más calenturientos.

Vivimos en armonía con Gaia, la gran fuente de toda vida, nutriéndonos de los rayos solares que nos bañan desde Helios, y de lo que ya no está unido directamente a la madre tierra, ofreciéndose para nuestro consumo y sustento, que eventualmente volverá a ella para continuar el ciclo natural.

Las titánicas sequoias que en el pasado se veían constreñidas a ocupar espacios angostos ahora pueden extenderse y entrelazarse unas con otras, creando estructuras inmensas que nos permiten habitar de forma simbiótica, para así cuidarlas y que nos cuiden, siendo nuestro continente y hogar, y nosotros sus huéspedes protectores.

Nuestros antaño limitados sentidos ahora permiten un flujo tremendo de toda esa información que en desastrosas épocas pretéritas sólo se hacía mediante la nociva y anti-natural tecnología, ya tan obsoleta como anacrónica. Ahora nos basta tocarnos para transmitir crónicas enteras mediante el tacto, en cada pulsación y en todos esos pequeños cambios que no son tan sutiles ante nuestra nueva iluminación. Y el olfato, que siempre ha permitido acceder a lugares que creíamos perdidos en los entresijos de nuestra memoria, ahora permite abrir nuevos caminos de entendimiento.

Cuando morimos volvemos a la madre tierra, y de nuestras inanimadas carcasas anteriormente palpitantes brotan rosales repletos de flores en las que está encriptada toda nuestra energía vital, bastando oler una de ellas durante el tiempo suficiente para que toda la experiencia acumulada, todas las vivencias, pensamientos y enseñanzas pasen a quien la huele.

No sólo de nuestra propia materia devuelta al limo primigenio surgen las historias. Nuestros mejores narradores y poetas vuelcan en nuevas semillas sus mejores creaciones para que cada rosal las cuente para todo aquel que pueda catar cualquiera de dichas rosas.

En la antigüedad, cuando aún existía diferencia entre el sexo masculino y el femenino, también se diferenciaban los regalos, entregándose como dádiva un libro a los hombres, mientras se entregaba una rosa a las mujeres. Hoy, ambos, son lo mismo.

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