Una brisa y abres los ojos. Terminas de despedirte de tu lugar favorito y te preparas para ofrecer tus regalos a las personas con las que has compartido los últimos años.

En Anarres encontraste una comunidad que te recibió con los brazos abiertos sin hacer preguntas. Tampoco en la última asamblea se formuló ninguna al anunciar tu partida. La mitad de las personas de la comunidad son nómadas como tú y antes o después sentirán la llamada de un nuevo destino.

En la última década has aprendido mucho de las discusiones sobre crianza con Flavio, sobre filosofía con Kyra y te has asombrado del ingenio de Lu buscando soluciones para problemas que ni siquiera sabías que existían. No crees haber aprendido nada práctico de Lu, pero lo cierto es que ha marcado tu forma de entender la arquitectura hasta el fin de tus días.
 
Te acercas a la cueva de Kyra y le entregas una maceta donde crece el rosal que fue tu desafío personal en los últimos años.
—No puedo prometer que vayan a tener tanta suerte conmigo —dice Kyra, y hunde la nariz en los pétalos rosados cargados de rocío.
—Ya han vivido más de lo que cabía esperar.
—¿Hacia dónde te diriges?
Te encoges de hombros, probablemente al sur.
—Trata de no dar tanto por saco como aquí. Has tenido suerte de que no te largásemos cuando empezaste con tu reestructuración energética.
—Hacía falta y alguien tenía que decíroslo.
—Ha sido una buena idea, pero te podías haber ahorrado la mitad de las broncas.
—¿Dónde habría estado la diversión?
Os abrazais y te vas deseándole lo mejor.

Echas la vista atrás y te permites regodearte en el trabajo bien hecho. Te llevas el corazón lleno y dejas construcciones integradas en el paisaje, que facilitarán la vida durante muchos años a todas esas personas que se han ganado tu gratitud y afecto.

Dejas tu mochila bajo la placa solar de casa de Flavio cuando unos rizos rubios se acercan a ti corriendo. Te agachas para coger en brazos a la sangre de tu sangre.
—¿Llegó la hora?
—Eso parece —Ocultas el atisbo de melancolía en una carantoña—. ¿Estaréis bien?
Flavio se acerca a vosotros y contempla la estampa.
—Te echaremos de menos, pero nos las arreglaremos.
Ambos sonreís y un silencio elocuente os envuelve. Vuestro hijo decidió quedarse con Flavio, lo mejor para todos.

Tras un par de kilómetros llegas al taller de Lu.
—Así que es cierto.
Asientes con una sonrisa y le tiendes un atillo con un par de instrumentos de trabajo que has construído en las últimas semanas.
—Gracias, ha debido llevarte mucho tiempo.
—Tómatelo como una compensación por tu paciencia conmigo.
—Entonces deberías haber añadido otros tantos —La carcajada de Lu te reconforta—. Ha sido un placer, la mayoría del tiempo. Cuídate mucho.
—Cuídate, Lu.

Y emprendes tu camino. Nuevas comunidades. Simbiosis. Conflictos. Equilibrio.

Tal vez echar raíces.
Si consigues reparar eso tan roto en tu interior quizá lo consigas.

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