Tres ligeros toques en la puerta despertaron a Krys de su ensoñación. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Apartó la vista de la ventana, por la cual observaba las tropas, tras meses reunidas con sus familiares, disfrutar de la comida ofrecida por el Consejo en agradecimiento por su encomiable labor.

—Pase —anunció.

La puerta se abrió y dejó pasar a otra mujer, la cual estaba ataviada con el tocado tradicional del pueblo vhyk. La diadema dejaba caer hojas secas, de todos los colores, sobre la larga melena castaña de la joven. Era un día para celebrar, sin duda.

—Comandante Krys Hertha —saludó, mientras se erguía en una reverencia y llevó dos dedos de la mano derecha al hombro izquierdo—. Mi nombre es Anghia Javhak, representante de los refugiados vhykienses. Vengo a invitaros a nuestro campamento.

—Es un placer, Anghia Javhak. —Dedicó una sonrisa a la joven antes de seguirla.

Krys y Anghia atravesaron la bulliciosa plaza en la que se emplazaba el edificio desde el cual la comandante había supervisado las labores de la misión de eco-rescate, que habían concluido aquella mañana. Algunos de los altos cargos de la misión hicieron pausas en las reuniones con sus familiares para saludar y sonreír a las dos mujeres.

Al cruzar la extensa plaza se encontraba el campamento general de los vhyk. Durante décadas, aquel edificio había sido el lugar de referencia para los refugiados del maremoto que había asolado la región de Copharke, que obligó a los vhyk supervivientes a buscar asilo en la región vecina. Krys había pasado por aquel edificio diariamente durante años, pero nunca lo había visto con tanta vida.

Nada más abrir las puertas, aplausos y ovaciones recibieron a la comandante. Se acercó, esta vez, un hombre, cuyo cabello estaba adornado también con hojas.

—Bienvenida seas, Krys Hertha, a la que ha sido nuestra casa durante los últimos 56 años. —El hombre dirigió a la comandante hacia el centro de la sala, sorteando a todos los vhykenses que se habían reunido para la ocasión—. Gracias a ti, y a las tropas que han llevado a cabo la misión, podremos volver a nuestros hogares, a nuestros campos. —En sus palabras se notaba la emoción.

—Por eso, hemos querido invitarte aquí hoy —añadió Anghia, indicando a Krys que se sentara en la mesa que se había dispuesto—. Hemos visto que todo el equipo técnico de la misión Hertha ha recibido una copiosa comida por su labor… Y tú no podías ser menos.

Un joven salió de otra sala con una bandeja en las manos y se acercó al sitio de Krys en la mesa para dejar un plato delante de ella. La comandante observó la comida que se le ofrecía. Arroz y verduras... Pero, no solo eso. En el centro del plato había una rosa blanca. Gratitud. Las rosas habían vuelto a florecer en los campos de Copharke tras cien años, justo a tiempo para recibir a los vhyk, que volvían a su hogar.


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