Silene contempló, pensativa, su nuevo colegio. El edificio tenía un aspecto extraño: la fachada era áspera, intencionadamente irregular, con recovecos y grietas de los que surgían todo tipo de plantas. Podría haberle recordado a un acantilado, si no fuese por los orificios acristalados que hacían de ventanas y las placas solares que se disponían en hileras sobre el tejado. Los alumnos correteaban por el patio, saltando y subiéndose a los árboles, pero cuando la profesora agitó su campana de bronce todos formaron, obedientes, junto a la puerta. Tras dirigirle una última mirada a su padre, Silene se unió a la fila. Sus compañeros la miraron sin disimular su curiosidad. Era muy distinta a ellos. Su piel, blanca como la nieve, su pelo rubio y sus ojos claros contrastaban con los rasgos morenos de los demás.

En el aula, los pupitres estaban colocados por pares. Silene se sentó al fondo sin decir una palabra. Una niña ocupó en seguida el asiento contiguo y le dirigió una gran sonrisa.

—¡Hola! Me llamo Lupe, ¿y tú?

Tras un momento de desconcierto, Silene le devolvió la sonrisa y se presentó.

Lupe le hizo muchas preguntas mientras las dos dibujaban durante la clase de arte en sus cuadernos de papel reciclado: ¿de dónde venía? ¿Por qué se había mudado allí? ¿En qué trabajaban sus padres? También le habló sobre sí misma: su madre era la profesora de ciencias naturales. En su clase, los llevó al huerto escolar, donde cosecharon zanahorias y tomates. La profesora cortó una rosa silvestre que había crecido entre las hortalizas y se la entregó a Silene, como regalo de bienvenida. Después fueron a un pequeño corral, donde alimentaron a las gallinas. Durante el recreo, Lupe le presentó a todos y cada uno de sus compañeros.

—Este es Federico, pero le llamamos Fede. Ella es Marta, su mamá es pastelera y en el festival de primavera siempre trae bizcochos de fruta para todos.

Silene no hablaba mucho, pero escuchaba con atención. Al terminar las clases, cuando todos salían para reunirse con sus familiares, Lupe la llamó:

—Mañana iremos a nadar al lago, ¿vendrás?

—Le pediré permiso a mi padre —dijo tras pensarlo un poco.

—Genial, ¡hasta mañana!

Su padre la esperaba junto a la puerta. Al cogerle la mano, sus mentes se conectaron, permitiéndoles compartir sentimientos y recuerdos sin reservas.

¿Qué te ha parecido?, inquirió él con la voz de su pensamiento.

Su civilización está más avanzada de lo que creíamos. Han aprendido a valorar y respetar su mundo y a no marginar a los que son diferentes. Creo que están preparados, respondió Silene.

Magnífico. Informaré a la Comunidad para que inicien los protocolos oficiales de contacto. En una galaxia inmensa y en su mayor parte inerte, aquellos que amamos la vida debemos trabajar juntos para preservarla.





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