La brusquedad de los golpes la despertó. Los gritos y órdenes que provenían de fuera de la casa le dejaron claro que era el ejército quien intentaba derribar la puerta. Saltó de la cama y corrió al pequeño invernadero que tenía montado en el sótano, donde guardaba los restos de su fallido intento de desconectarse. Debía deshacerse de todo antes de que entrasen en la casa, o al menos ocultarlo. La fuerza de los golpes creció y supo que estaban usando el ariete. Apenas le quedaba tiempo.

Arrancó los cables conectados al circuito central de la vivienda y los tiró dentro del pozo cavado en una de las esquinas del sótano. Dos palmos de tierra y medio metro de hormigón agujereados; un lugar donde esconder el aparato que había rescatado de la chatarra. Lo miró con tristeza pensando en todo lo que podía haberles entregado un generador de luz a gasolina. Recogió la garrafa de combustible y la lanzó al agujero antes de coger la pala y comenzar a cubrirlo. Sus paladas seguían el ritmo del ariete y, a cada golpe, las pruebas quedaban enterradas bajo varios centímetros de tierra, junto a sus esperanzas.

Un crujido llenó la casa y los pasos agitados sonaron sobre su cabeza, entre gritos. Dejó la pala y se arrodilló en el suelo donde terminó de igualarlo con las manos. Colocó las flores alrededor, siguiendo el patrón del resto del invernadero y volvió al centro del sótano. Las pesadas botas retumbaron en las escaleras que comunicaban las dos plantas. Antes de poder girarse la derribaron y le esposaron las manos a la espalda. La boca se le llenó de tierra húmeda en un intento vano de quejarse y reclamar. Frente a ella los militares pisoteaban las rosas que tenía plantadas.

—Por infracción en el consumo de electricidad queda detenida —dijo una voz sobre ella—. Desde este momento se le sentencia a trabajos forzados en las placas solares y mantenimiento de instalaciones. Su pena asciende a un año por kilowatio/hora defraudado, lo que hace un total cuarenta y cinco años de condena. No tiene derecho a revisión de la misma, ni a reducción de la pena ni a libertad condicional.

La cogieron por los brazos y la levantaron del suelo. No sabía si los ojos que se ocultaban tras aquella pantalla de casco oscura la miraban pero no le importaba.

—Prefiero morir en las placas antes que seguir siendo esclava de vuestro sistema —dijo y escupió en el casco del uniformado.

—Atentar contra el sistema es agredir al planeta.

Ella no contestó. Las empresas que dominaban el sol y su energía habían acabado con la contaminación, pero la pobreza y el hambre diezmaban la sociedad bajo un cielo de paneles solares que mantenían encendida La Tierra. Solo quien poseía uno de esos paneles vivía libre; arriba, rodeado de lujos. El resto trabajaba sin descanso, ahorrando para conseguir comprar uno y salir de aquella miseria. Como si los de arriba fueran a permitirlo.

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