<> Rumiando los sinsabores de la batalla entro a la carpa donde las huestes almuerzan. Verlos comer me revuelve más las tripas.

No doy ni un paso y me sobresalta el grito unísono:

–¡Ave, Caesar! –braman los soldados en perfecta armonía coral.

Viene hacia mi flechado el general… ¿Pollastrus?… ¿Pollatus Prius?… Yo qué sé. No lo soporto. Pero bueno, va a durar menos que una virgen metida a puta.

–Cesar, necesitaría debatir algunos aspectos de la refriega.

–No –atajo rápido–, que me estoy cagando.

–Pero, Imperator… mi centuria corre peligro.

–Tomo nota.

–Señor, no lo entiende, parece que seamos el cebo del enemigo. Nos machacaran.

–Con tal de no ver tu puñetera cara… Alea iacta est.

Retomo mi camino hacia el cagalero porque no me aguanto los retorcijones.

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