Creo que voy a vomitar. Noto ese conocido exceso de salivación y ese burbujeo en la boca del estómago. No veo ningún aseo dentro del parking. Tampoco me arriesgaría a moverme. Es casi la hora.

Me seco el sudor de la frente mientras miro alrededor de la forma más disimulada posible. Un señor vestido de riguroso negro se acerca. Una rosa destaca en su mano.

¿Podría tratarse de él? No se corresponde con mi idea de un vendedor del mercado negro. Esperaba algo más... ¿Peligroso?

El hombre sigue acercándose hacia la columna en la que continúo apoyado.

¿Y si se tratase de un agente encubierto de la BriReCón? ¿Podría ser una trampa? Soy la clase de pringado que podría caer en un señuelo de la Brigada de Reducción de la Contaminación en su primera compra ilegal. Pero no sería justo. Joder, no sería nada justo. Me he esforzado durante años. He dado lo máximo de mí para contribuir a la mejora del planeta. Me he dejado la piel en el diseño de los cristales solares. No solo he conseguido que almacenen una gran cantidad de energía con una translucidez del noventa y nueve por ciento, sino que, además, son capaces de filtrar los rayos ultravioletas. ¡Podríamos reducir el cáncer de piel al mínimo! Más de veinte años de completa dedicación a la construcción de la utopía energética que vivimos y solo pido a cambio un pequeño desliz ecológico. Un irrisorio pecado ambiental.

Con tensa expectación, contemplo como el señor pasa de largo y desbloquea una moto eléctrica aparcada cerca.

— Psst, oye. Voy a abrazarte para interpretar el papel de pariente lejana, pero que esas manos no bajen de la mitad de la espalda. ¿Entendido?

Me vuelvo hacia la voz en el momento en que un cuerpo me envuelve. O eso intenta. Es como si una hoja intentase envolver el tronco de un árbol. Se separa de mí y lee el desconcierto en mi mirada.

— Soy tu contacto, viejales. Es mejor simular que nos conocemos, ¿no crees?

Me cuesta asimilar que la adolescente frente a mí se corresponda con la voz grave y distorsionada del teléfono.

— He comprobado tus tres pagos realizados. Ahora quiero ver el pago final.

Sin apartar la mirada de la joven, introduzco mi mano en la chaqueta y saco el paquete de toallitas. Aquel que una vez mi hermana olvidó en casa y que encontré, por azar, años después.

— ¿Para qué lo quieres? —me atrevo a preguntar.

La chica se encoge de hombros.

— No es para mí. Seguro que alguien de tu quinta está deseando limpiarse el culo con esto. Sois todos iguales. Por fuera parecéis los abanderados del comercio saludable, ecológico y sostenible, pero, en vuestro interior, todos añoráis cómo vivíais antes. Yo solo hago negocio de vuestra nostalgia.

Atrapo al vuelo el paquete que me lanza la joven. Al contemplarlo, ya no importan las náuseas, el miedo o el desconcierto. Ha merecido la pena. Esta tarde podré paladear el último bollycao fabricado.

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