La enorme rosa de cristal, encendida como un faro por multitud de focos, emerge del lago en medio de un bosque. En Ciudad Esperanza las viviendas se arraciman en isletas alrededor de tan llamativa construcción. Flotan en la enorme laguna salada donde proliferan, en diversas y coloridas composiciones geométricas, los campos de algas cultivadas.

Bajo los brillantes rayos de sol, Último trabaja en esos campos. Supera el centenar de años y continúa cultivando como si ya no fuera el único.

Ya no queda nadie como él, humano orgánico, en la ciudad. Todos los habitantes son compañeros androides. Mientras se agacha para recoger el fruto de su esfuerzo, piensa que en cualquier momento puede llegar su hora y que le gustaría seguir vivo un poco más. Por una vez en su larga existencia puede dejar de vivir el presente y permitirse el lujo de poder fantasear con lo que deparará el futuro.

Mientras trabaja, la pulsera vital que viste en una de sus muñecas cambia a color naranja. Termina de recoger las algas y justo antes de salir del campo siente el ruido de un barco solar deslizándose sobre el agua.

—Último, ha llegado tu hora —dice la capitana de la nave con la característica voz inexpresiva de los androides.

—He vivido mucho —responde el anciano—. ¿Podría pedir un favor? ¿Puedo verlos antes de marchar?

—Claro —responde la oficial—. Sube a bordo.

Último obedece. Se quita las pesadas botas de agua de trabajo y monta en la nave con la ayuda de uno de los marineros. El barco despliega su vela dorada y se eleva por los aires bajo la cálida luz solar. La embarcación vuela hacia la rosa, integrada de forma perfecta entre la exhuberante vegetación. La luz que emite proviene de multitud de estructuras que conforme se acercan adoptan la forma de huevos. El barco solar sobrevuela la instalación. Todos ellos están conectados, con tubos que parecen lianas y hiedras, a un monstruoso estanque abierto por la parte superior. Dentro se cuece un líquido ambarino, el caldo nutricio que alimenta cada una de los cuerpos que se adivinan en el interior de los huevos. El primer ser humano en Ciudad Esperanza, más de un siglo después, está a punto de nacer.

—Es maravilloso —comenta Último emocionado mientras se seca una lágrima.

Bajo el barco volador, listos para eclosionar en cualquier momento, hay miles de contenedores de gestación oviformes.

—Está bien —anuncia la capitana—. Vámonos antes de que sea tarde.

La pulsera de la muñeca de Último cambia a color rojo en ese momento. De forma repentina el anciano pierde las fuerzas y cae por la borda. Su cuerpo aterriza en el interior del estanque con un fuerte estruendo.

Dentro del líquido nutricio, ardiente y ácido, el cuerpo de Último comienza a disolverse. Antes de desaparecer puede ver cómo, dentro de uno de los huevos, un nuevo humano abre los ojos. Por fin puede ver a uno de sus hijos mirar al futuro.






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