Me desperté de nuevo en mitad de la noche con la respiración entrecortada y un sudor frío recorriendo mi espalda. Otra vez aquellos sueños extraños que no me dejaba dormir. Comenzaban con un eco que se iban transformando en una melodía, en unos cánticos que me guiaban hacia un mar entre colinas en el que me hundía. Salí de la cama, preparé una taza de café y me acerqué al ventanal que presidía mi apartamento en el centro de Nueva York. La ciudad seguía bullendo a un ritmo frenético a pesar de las horas, el sonido del tráfico saturaba el ambiente y las luces encendidas de los comercios y locales de ocio invitaban a los transeúntes a entrar y consumir. Aparté la mirada del exterior y la posé en mi última adquisición. Una exclusiva rosa de color azul oscuro por la cual había pagado una auténtica fortuna en una subasta fuera del circuito oficial y de la cual estaba bastante orgullosa.

Una idea fugaz se cruzó por mi mente. Encendí el ordenador y busqué información sobre el asunto. Al parecer estas rosas provenían de un lugar llamado Ciudad Zafiro y cuando florecían inundaban todo el valle como si de un océano profundo se tratara. Sabía que era una flor rara, pero no que estuviera protegida, de ahí el secretismo de su venta ¿sería posible que aquello estuviera relacionado? Comencé a sentirme culpable por la transacción, así que decidí ir un paso más allá en mi investigación y poner rumbo a aquel lugar. Preparé una maleta y acomodé en su interior a la rosa. Algo me decía que sería mejor devolverla a su lugar de origen. Cerré la puerta de mi apartamento y me dispuse para un viaje en tren de más de doce horas.

Al poner un pie en el suelo se me acercó una comitiva de lo más diversa entonando los mismos cánticos que había escuchado en mis sueños. Pero no lo sentía amenazante, sino como si me estuvieran dando la bienvenida. Me guiaron por la ciudad, que estaba entera cubierta de una exuberante vegetación. Los huertos salpicaban las calles y las placas solares coronaban cada uno de los altos edificios en forma de árbol. Se respiraba tranquilidad a pesar de ser una gran ciudad como la mía. Me acompañaron hasta un templo en el que entendí que debía depositar la rosa que había traído conmigo, al instante las plantas que rodeaban el pequeño altar de piedra envolvieron la flor. Comprendí entonces que había cerrado mis sentidos a la tierra y había arrancado una parte ella sin entender lo que significaba. Un torrente emocional me desbordó y comencé a llorar como no lo había hecho nunca.

Cuando abrí los ojos estaba de vuelta en mi apartamento. Me dirigí de nuevo al ventanal deseando encontrar algún rastro de aquel maravilloso lugar que acababa de visitar. Comencé a oír un murmullo lejano, parecido a un corazón latiendo pidiendo ayuda y supe que quería esforzarme para que ese pulso siguiera vivo.

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