—¿Así que vienes a terminar el trabajo?

La voz de Lea se pierde entre la inmensidad de los edificios blancos y la espesa vegetación de su ecoaldea. Mientras espera, observa los alrededores desde la azotea del huerto vertical. Es la zona que más se ve desde el aire cuando los nuevos compañeros llegan en los deslizadores solares. Por eso, los habitantes votaron que se sembrarían rosales blancos, señal de la libertad y la pureza que reinan en aquel paraíso.

A su espalda, una única rosa blanca se atreve a retar al verde oscuro de los arbustos espinados. Una promesa de que, algún día, toda la terraza de aquel edificio de oficinas reconvertido volverá a llenarse de una blancura inmaculada. Una superviviente, pues todas las demás rosas han desaparecido sin dejar ni rastro.

Por eso Lea está ahí. Sospecha que alguien está arrebatándole a la comunidad un preciado tesoro. Debe descubrir qué sucede, incluso si eso le ha costado ya tres noches en vela vigilando aquel lugar.

—Lea, ¿qué demonios haces aquí de madrugada?

—Cuidar lo que tú has decidido destrozar, Jenkins —dice la muchacha con tono reprobador—. ¿Cómo es posible? ¡Las rosas blancas son el símbolo de nuestro proyecto!

Jenkins se arrebuja en el manto marrón que cuelga sobre su ropa del color de los pétalos que se había propuesto sustraer.

—Nuestro proyecto… ¡Una farsa! Mi hijo se muere, Lea. Lo único que lo mantiene con vida es la esencia de estas rosas blancas. Las modificaron genéticamente para alcanzar un grado de blancura superior, y eso hizo que sean también un potente remedio de la enfermedad que sufre.

Lea se queda paralizada unos instantes. «¿El hijo de Jenkins está enfermo?».

—Esas rosas no te pertenecen, Jenkins. Se ha votado en el Consejo: deben decorar esta terraza para inspirar a los recién llegados.

—¡Y un cuerno! ¿Esa es la sociedad justa que hemos creado? ¡Una utopía donde lo global importa más que lo personal! ¡Qué bonito suena sobre el papel, Lea! Pero te diré algo. Una sociedad que permite que mi hijo se muera porque su medicina está mejor usada como decoración carece de alma. ¡Los ideales que venden no son más que una fachada!

 —¡Cállate! —ordena la muchacha.

Siente como la furia incendia todo su interior. Se lanza contra Jenkins y le golpea el pecho con una potente patada que lo derriba.

Mientras Jenkins está en el suelo tosiendo gotas de sangre, Lea se acerca a él con la daga en la mano. Está dispuesta a acabar el trabajo. Sin embargo, se detiene a un par de pasos de él.

«Dioses benditos, tiene razón».

Se da media vuelta y se acerca a la rosa con paso decidido. Usa la daga para cortarla y la deposita junto a Jenkins, que aún está recuperándose.

Al hacerlo, una lágrima surca su rostro. Algo ha nacido en ella. Un sentimiento que jamás ha experimentado en aquel mundo supuestamente ideal. El germen de algo que nunca podrá extirparse: desengaño.

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