—Bienvenide, camarada terrane. Soy Sylomon. —Hex cogió la rosa roja que le tendía su anfitrión—. Las cultivamos en memoria de nuestro hogar perdido.

Examinó a Sylomon. Tenía el pelo largo hasta la cintura, como una mujer, y exhibía una vulgar delgadez bajo la túnica dorada. Estaba claro que descender de antepasados que habían abandonado aquel hogar perdido, la Tierra, hacía cientos de años era lo único que tenían en común. Al descubrir que el brazo del hombre acababa en un muñón, a Hex le costó mantener la compostura que conllevaba su cargo como embajador de su planeta ¿Quién viviría con algo así cuando la ciencia podía solucionarlo? 

Sylomon le guió orgulloso por lo que ellos llamaban círculo, la unidad básica de convivencia de la comunidad. Para Hex fue la confirmación de que su estancia allí iba a resultarle muy larga. No solo compartiría dormitorio con veinte personas, sino que también debería trabajar el huerto con sus propias manos y seguir un estricto control que aseguraba el uso sostenible del agua (y también una dudosa higiene). 

—Este es el planeta de los tres soles —explicó Sylomon cuando le preguntó por las placas solares instaladas aprovechando cada rincón—, que nos regalan la energía que necesitamos. A cambio solo debemos respetar su esencia. —Señalaba con la extremidad deforme el vergel a su alrededor, entre el que las edificaciones encajaban en perfecta armonía.

Malas noticias para Hex, cuya misión era averiguar si allí se ocultaban reservas de algún combustible que paliara la escasez de su propio mundo. 

Tras cuatro meses limpiando mocos a críos que no eran suyos y velando ancianos casi desconocidos, no había averiguado nada. Salvo que cada instante junto a Sylomon era como el rayo de un cuarto sol. Así que se embarcó en una expedición de terraformación al norte. Fueron semanas de trabajo duro, transformando suelos yermos en bosques. Al contemplar el resultado, los ojos se le llenaron de lágrimas: había contribuido a hacer de aquel planeta un lugar mejor. Una conciencia dormida despertó en él y rompió sus ataduras.

Dos años y un sinfín de terraformaciones después, su gobierno le exigió que regresara. En su última noche allí, Hex abrazaba a Sylomon bajo un cielo sin luna.

—¿Me mostrasteis todo aunque sabíais desde el principio que era un espía?

—Embajador, visitante, espía. ¿Qué importaba el nombre? No escondíamos nada. ¿Encontraste lo que buscabas?

—No. —Era cierto. Allí no había nada que salvara a los suyos, salvo una mentalidad que nunca adoptarían—. Pero sí algo mejor. —Le besó con dulzura la piel arrugada del muñón.  

—Formas parte de este planeta, lo has cambiado. Y amado. Tienes derecho a quedarte. Si pudiera, te pediría que lo hicieras.

Sylomon no comprendía lo que era una autoridad como la de su mundo. No toleraban la desobediencia. Lo considerarían una provocación o, peor aún, la prueba de que aquel planeta guardaba algo valioso. 

—Debo regresar y explicarles todo. —Incluyendo su fracaso, que le condenaba a muerte.

—¿Volverás después?

—Siempre estaré aquí. —Le posó la mano sobre el pecho antes de besarle por última vez.


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