La llanura salpicada de cadáveres hizo que me rugieran las tripas. Posado sobre una rama, salté loco de alegría. ¿Quién me iba a decir que aparecería tanta comida así porque sí? No recordaba que hubiera habido una batalla. Pero veía los cadáveres. Eran todos romanos. Carne, carne y más carne. Solo para mí.

Bajé volando hasta el rostro del más cercano, pero cuando le di el primer mordisco y me comí su ojo, gritó y me devolvió una bofetada. Asustado, volé de vuelta a mi rama, solo para ver como toda la comida se levantaba y empezaba a reír. Vi cómo se limpiaban las heridas maquilladas y se desprendían de los ropajes y las pelucas. Cómo me señalaban y se reían, cada vez más fuerte. Avergonzado, me quité el disfraz y salí del estudio de grabación. Solo quería formar parte de un cuento, pensé, aullando a la luna.

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