El maldito pitido de la alarma me saca del sueño bruscamente. Parece que ya son las 10, hora de levantarse y trabajar.

Salir de la cama siempre es lo más duro, es confortable y cómoda, pero es lo que toca si se quiere tener comida y un sitio donde vivir. Incluso Michi me lo recuerda maullando y acariciándome la cara con su cola peluda.

Las paredes de madera empiezan a relucir a medida que el cristal polarizado se va volviendo transparente, dejando a la vista el verde campo, bañado por los rayos de sol, y más al fondo, los ventanales brillan de las casa recubiertas de hierba construidas como colinas. Verlo cada mañana siempre me inspira una profunda y extraña tranquilidad, un tanto irreal e incómoda.

Me coloco la pierna protésica y la muevo para asegurarme que se mueve correctamente, mientras la gata se pasea por encima de mí, como si estuviera sola en el mundo. Un día más en este mundo.

Me visto con el mono de trabajo y me tomo un café recién molido, hay que despejarse bien para trabajar la tierra. Dejo un poco de comida sobrante de ayer en el cuenco de Michi y me dirijo al exterior.

Tan solo abrir la puerta, un grupo de gallinas medio salvajes corretean entre los rosales que rodean la entra de mi casa, ignorando mi presencia por completo, cazando gusanos y comiendo piedras. Siguiendo el caminillo me dirijo al campo cercano a mi casa, paseando entre los molinos de viento y las extensiones de placas solares que protegen los caminos.

Abajo, cerca del río, puedo ver la tierra trabajada, donde me esperan mis compañeros, algunos han venido en su vehículo eléctrico, pues viven más lejos. Pero la mayoría son vecinos míos i también aprovechan hacen su paseo matutino como yo.

Rodeo los restos del avión oxidado recubiertos por vegetación y sonrió al encontrarme con mis camaradas. Somos felices por poder tener las vidas que siempre quisimos tener cuando éramos pequeños. Vivimos en el futuro que nuestros padres solo pudieron imaginar.

Cargados con las herramientas empezamos a labrar la tierra, lentamente, bajo el sol, pero sin descanso. No podemos quejarnos, luchamos duro para conseguir esto, y ahora que lo tenemos solo podemos conservarlo, y mejorarlo.

Mi azada impacta en un obstáculo duro bajo tierra. Otra vez, estos campos van a estar así mucho tiempo, son las consecuencias que tenemos que pagar. Con las manos desnudas y la rodilla metálica contra el suelo, desentierro lentamente el objeto. Me encuentro cara a cara con unas cuencas vacías y blancuzcas, y una dentadura blanca al descubierto, que me miran fijamente sin un parpadeo, perpetuamente abiertos para la eternidad. Tenemos el futuro que siempre soñamos, aun así, ¿mereció la pena el precio que tuvimos que pagar?

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