Sempala se sumergía en las líneas de código hasta que el aviso de su puerta y la voz de Madre, la inteligencia artificial de la colmena, que daba la bienvenida a Aelita al departamento lo interrumpieron.

Ella se quedó contemplando las capas de polímero fusionándose en el replicador, que trabaja en su último proyecto.

—Otro día encerrado aquí —reprocho Aelita—. Eres un aburrido Sempala.

—No creas, en agricultura opinan que soy popular. Casi tanto como esta pieza del humidificador que estoy terminado —dijo defendiéndose.

—Trabajo, trabajo y trabajo —dijo ella dando golpecitos al replicador—. Ya no hacemos cosas divertidas. Como salir a cazar globos solares.

—Eso es tarea de los drones—respondió mecánicamente Sempala volviendo a picar código hasta que le golpeó en el hombro el casco del equipo de vuelo de Aelita. Ni se había percatado que ella llevaba puesto el traje de salto.

—Tarea de drones—replicó burlona—Hablaba de volar juntos, idiota. —Lo miro para señalar al cielo tras el panel de la habitación.

— Nunca me has superado y te apuesto a que llego antes a la estación de carga del sector 4G. Si es que todavía recuerdas dónde está—Sempala refunfuño. Cómo olvidar la vieja estación de carga, su lugar clandestino en todas sus escapadas adolescentes.

—Prepárate he aprendido algún atajo desde la última vez—Se apartó del simulador y fue hacia donde guardaba su traje de salto.

Dispuestos, pidieron a Madre que bajara los niveles de seguridad para abrir los paneles y dejar entrar las corrientes de aire modificadas de la cúpula dentro de la habitación. El departamento de Sempala estaban en los niveles más altos de la colmena que arañaban las nubes.

—A la de tres.—La voz de Sempala sonaba distorsionada a través del intercomunicador. Aelita se lanzó al vacío como respuesta y con las alas del traje desplegadas se elevó empujada por la corrientes de aire hacia el más cercano y brillante globo solar, junto a la rejilla de la cúpula.

—Lentorro—Escuchó en su comunicador cuando inició su salto, antes de notar el empuje del viento.

La apuesta no estaba del todo clara pero recordó sus juegos infantiles y esta vez sabía cómo ganar. Voló hacia los campos de cultivo automatizados de la cooperativa. Donde los drones dejaban globos cargados para la maquinaria. Recolectó varios y casi sin perder tiempo voló de camino a la estación. Al acercarse vio dos cosas que dieron un vuelco a su corazón. Primero, Aelita ya estaba allí esperándolo sonriente. Segundo, el invernadero de la señora Yoshida había florecido. Desde lo alto de la estación de carga, sus campos de rosas se podían disfrutar como un mar de flores.

Sempala aterrizó en la plataforma junto a ella quitándose el casco.

—La ganadora quiere su premio —dijo Aelita antes de besar sus labios justo como hacían a escondidas en ese lugar cuando eran jóvenes. Bajo el brillo de los globos solares cargados.


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