La pandemia fue el comienzo.

Desde nuestros orígenes, habíamos aprendido a controlar el fuego. A minar y quemar carbón. A dividir el núcleo de los átomos. Habíamos aprendido que la energía no se destruye, solo se transforma. Y logramos extraerla del aire, el agua, el sol.

Entonces llegó aquel virus que puso en jaque a los países de todo el mundo, y se logró algo nunca visto antes. Aquella fue la primera enfermedad que la raza humana consiguió doblegar en apenas algo más de un año. Y no con una sola vacuna, sino con media docena de ellas. ¿Por qué? Porque el mundo entero trabajó en la misma dirección.

Fuimos conscientes de pronto de lo mucho que podíamos lograr como especie. Y salimos al espacio exterior. Con la misma fuerza con la que la primavera catapulta la savia por el tronco de un árbol, nos expandimos nosotros por el Sistema Solar. Marte. Mercurio. Venus. Júpiter. Pero esto exigía una escandalosa cantidad de energía. La Tierra, el planeta que nos había visto nacer, estaba ya al límite de sus recursos. La propia pandemia había sido el primer aviso serio de que nos encontrábamos al borde de la sexta extinción masiva, provocada por nosotros mismos.

Entonces, nuestros ávidos ojos miraron hacia el Sol. Y construimos el enjambre. Una miríada de espejos, finos y livianos como hojas de papel, bellos como una pieza de origami. Su cometido: conformar una cúpula de 360 grados en torno a nuestro astro rey y reflejar su energía para redirigirla a las estaciones fotovoltaicas diseminadas por todo el sistema.

Satisfecha nuestra hambruna energética, dio comienzo el Ciclo del Sol. Una época de creación artística sin precedentes. Poesía, música, teatro, cine, escultura, literatura, danza, pintura… aunque el mayor logro de nuestra civilización es la arquitectura. Nuestras manos ya no dominan y someten la naturaleza a nuestro paso, sino que la moldean para vivir en armonía con ella. Hacemos edificios hermosos por dentro y por fuera, integrados con sus respectivos entornos. Cuevas volcánicas termorreguladas en Venus. Casas voladoras a la deriva entre las algodonosas nubes de los gigantes gaseosos. Iglús en los mares de metano helado de Plutón, con cubiertas formadas por miles pétalos de cristal que les dan el aspecto del capullo de una rosa.

Pero yo lo estropeé todo. Encontré el agujero de gusano que conducía a 2019 y me obsesioné con detener el brote de Wuhan, la última gran pandemia. Y lo logré. Así que los gobiernos de los distintos países siguieron a lo suyo. Y en cuestión de décadas, el planeta sufrió una destrucción irreversible. Sequías, huracanes, hambre y pobreza. Como la orquesta del Titanic, sus dirigentes siguieron cantando las mismas canciones cortoplacistas hasta el último día, en que la Tierra se devoró a sí misma para salvarse. Para salvarse de nosotros.

Solo mi nave escapó, con las coordenadas del agujero de gusano en sus sistemas de navegación y un importante mensaje que llevar a 2019:

La pandemia fue el comienzo.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    Je, je, je... estaba empezando a sospechar que era un cuento positivo, sin sorna ni nada... Pero no. Creo que empiezo a conocer tu estilo :D

  • Gracias por pasarte y comentar, Jon! Creo que me has pillado, me cuesta no sacar a pasear la ironía, jejeje

  • Felix.B @Felixbel hace 1 mes

    Excelente. He leído unos cuantos del reto de abril, pero creo que este es mi favorito. (Por los momentos) hehe


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