Durante mucho tiempo, solo hubo oscuridad. La humedad del ambiente era agradable, pero no bastaba para compensar el frío ni la falta de luz. Pasé aquellos días en un letargo del que solo a veces conseguía salir por unos segundos. Sabía que mis hermanas estaban a mi lado, aunque las sentía más muertas que vivas. Como seguramente también lo estaba yo.
Después, todo tembló. Una vibración prolongada que acabó con un golpe seco, como de algo grande que se asienta en el terreno. No tenía nada que ver con el zarandeo violento que había provocado que cayéramos al suelo que nos alojaba. Dentro de la tierra, sentí una sensación que había olvidado. El movimiento nuevo me hacía llegar un sonido que era como el aire caliente de la primavera, todo lo contrario a aquella sacudida que había helado el ambiente y nos había hecho vivir sin sol incluso antes de que nos cubriera el polvo.
En los días siguientes, comprobé que tenía razón. Cada vez notaba más el calor, que me ayudaba a estar despierta durante más tiempo. A pesar de que estábamos muy débiles, mis hermanas y yo empezamos a movernos poco a poco. Aunque noté con dolor que la mayoría de ellas habían acabado sus vidas en medio de punzadas de oscuridad helada, intenté no dejarme vencer por la desesperación. Mi instinto me decía que estábamos muy cerca de salir de aquella situación, y era el momento de luchar. Nos habíamos separado de nuestra madre antes de estar listas para ello, expulsadas de su interior con violencia. Era la oportunidad de continuar su legado.
Lo siguiente que sentí fue que algo levantaba la tierra en la que estaba. Mientras me movía, pude ver en qué se había convertido lo que tenía que haber sido mi hogar: el cielo se escondía tras una cúpula transparente y las plantas ya no cubrían el suelo marrón, sino que crecían de unas paredes grises, altas y nuevas. Antes de poder descubrir más, estaba enterrada de nuevo.


Hoy es el primer día en el que siento el aire y el calor del sol en casi todo mi cuerpo. Todavía no me alejo mucho del suelo, pero pronto seré lo suficientemente fuerte para hacerlo. Mientras disfruto del rocío de las primeras horas de la mañana, oigo unos ruidos.
—¡Se está abriendo! —dice una voz entusiasmada.
—¡Es blanca y preciosa!
Para cuando la segunda voz acaba su frase, veo a las interlocutoras. Son humanas, como las que a veces pasaban cerca de mamá. Pero estas actúan de forma particular: mientras me contemplan, cae agua de sus ojos y emiten un sonido parecido a un cascabel. Creo que lo llaman risa.
—¡Hemos recuperado la rosa Noisette! —La primera humana abraza a la segunda, que da brincos.
De tanto en tanto me miran, ríen y se llevan las manos a la cara. Durante mi tiempo atrapada en la oscuridad, nunca pensé que podría provocar tanta alegría; solo soy una semilla que sobrevivió. Aunque tal vez eso sea suficiente.

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