Georgina dejó la bicicleta apoyada contra uno de los árboles de la alameda y se dirigió hacia el recinto. La antigua fábrica de automóviles había sido remozada y en los últimos años era una especie de nave multiusos modernista, salpicada de detalles vegetales, tanto en la fachada como en el interior. En el corto período de tiempo desde que se habían dejado de producir coches había sido un hospital de campaña, pabellón para la exposición universal de 2092 y, en aquel momento, sede de la feria del libro antiguo.

Si sus abuelos vivieran, le hubieran dicho que era una habitante del futuro. Sin embargo, ella no tenía esa impresión. Las motocicletas no volaban, ningún monorraíl cruzaba la ciudad de punta a punta y su ropa era el creativo resultado de un reciclaje infinito, en lugar un elegante traje blanco de dos piezas. Sabía que formaba parte de una generación que, tras mucho tiempo, viviría mejor que sus padres, pero era aburrido. El futuro no podía ser aquello. El futuro tenía que ser brillante, estimulante y provocador. Todo el mundo lo sabía. Resopló.

Lo primero que hizo fue comprar el regalo para Sahira: una pequeña maceta con una rosa. Le vinieron a la memoria esas extrañas imágenes de flores cortadas y entregadas en mano. ¿Eso había sucedido de verdad o se trataba de una recreación romántica de cómo se celebraba Sant Jordi? Sea como fuere, arrancar plantas resultaba algo chocante y casi primitivo, como la caza, la quema de carbón o la delincuencia.

Con la planta apoyada en su costado izquierdo paso el dedo índice de su mano libre por diferentes ejemplares de varios expositores. Aquello también tenía un punto de barbarie. Los libros eran objetos de otra época. Se degradaban, perdían su color y olían de manera extraña, como a naturaleza mal entendida. Se imprimían pocos textos y siempre en papel reciclado. Desde que ella recordaba, la lectura se hacía en libros solares. Era a Sahira a quien le gustaban esas cosas. Por ella había venido y, como era norma, se retrasaba.

Se puso de puntillas con la esperanza de encontrar a su novia. Nada. Suspiró. A su espalda escuchó un trueno seguido de gritos. La gente empezó a correr en todas direcciones, en busca de alguna de las salidas de emergencia. Más truenos y ruido. Desconcertada, protegió la rosa contra su pecho, anduvo a contracorriente y lo vio. Un hombre con un dragón pintado en una camiseta disparaba al cielo con un arma enorme. Avanzaba de manera lenta y profería gritos de revolución y consignas que se creían superadas. Entre dos visitantes intentaron reducirle, pero el sujeto se zafó de ellos y zanjó el combate con un par de ráfagas.

Su corazón se aceleró y cayó de rodillas. Se le secó la boca. Acababa de ser testigo de un crimen.

Allí estaba la emoción que le faltaba. Que sabía que necesitaba. El futuro comenzó en ese preciso instante.

—Por fin. —Y rompió a llorar.


Comentarios
  • 5 comentarios
  • Laura_M_A @Laura_M_A hace 1 mes

    Una feria del libro, no se me ocurre un escenario mejor para ambientar justo esta prueba

  • Rísquez @Risquez hace 1 mes

    Jajaja! Muchas gracias. Tal y como se planteaba la prueba, sabía que ese sería el escenario y que tendría que mostrar el futuro del libro impreso en un entorno solarpunk. El resto ya vino solo ;)

  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    "...olían de manera extraña, como a naturaleza mal entendida". No sé si soy yo pero todo el texto tiene un sutil aroma a humor e ironía. :D

  • Rísquez @Risquez hace 1 mes

    Hola, Jon. Pues un poco sí, la verdad. Me cuesta abordar la CF como algo esperanzador. Luego me di cuenta de que, oye, el contexto podía ser solarpunk, pero... ¿Y si algo se torcía?

  • Raquel Valle @ValleS hace 1 mes

    Lo malo siempre vuelve si encuentra el momento adecuado. Como siempre, tus historias contienen tanto humor como mensaje. Gracias por tanto ;)


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