—Muerte, Guerra, Hambre y Conquista. Los cuatro jinetes del apocalipsis bíblico. —Alfredo contempló los alumnos que le observaban aburridos—. ¿Alguno recuerda el orden?

Ninguno respondió, ni parpadeó, ni posiblemente respiró. ¿Debía preocuparse? No, Covey suspiró, así que la señaló.

—No sé, profesor. ¿Es un concepto importante para nuestro desempeño en la sociedad?

Alfredo se encogió bajo el pedante comentario. Las generaciones nacidas en la ciudad verde eran… cada vez mejores.

—Dímelo tú. —Con un gesto invitó a la joven a levantarse del césped y situarse en el centro del círculo.

El resto aplaudió, sorprendentemente vivos de nuevo. Bueno, era normal que prefirieran a un reemplazo de quince años en vez de a un anciano de casi doscientos que quería mostrarles el pasado.

—Religión, historia, teología, filosofía son ídolos antiguos, profesor, de su época. Física, matemáticas, biología y geología —paraba unos segundos entre concepto y concepto, señalando de entre sus compañeros a los destacados en ellos— son, entre otros, los pilares de la nuestra. Fuimos diseñados para dominarlos y mejorarlos, para desgranarlos y llevarlos a los de fuera de la ciudad.

—Hubo un tiempo en que conquistadores viajaban a tierras menos desarrolladas a llevar el desarrollo y la luz… —Alfredo quería sacarla de su error, mostrarle la historia de la que tanto renegaba.

—Hombres sabios sin duda, adelantados a su era —le interrumpió—. Fuera de los pilares de reciclaje de aire, más allá de los cultivos solares, de la vida. ¿Sabe lo que hay? Hambre, personas muriendo de inanición, fabricando comida en vez de sembrarla. ¿Debo dejarles morir?

Covey alzó la mano y su pulsera proyectó un niño desnutrido. Todos se encogieron ante la visión. Todos salvo Alfonso, que recordaba semejantes imágenes de una época en que había ricos y pobres.

—Pero, niña, dime —enfatizó el término para hacerle ver su juventud— qué harás con los que no quieran venir. Con los que se quedaron fuera porque anhelaban la libertad de escoger. Con los que piensen diferente y te insulten por el color de tu piel.

Ella contempló desconcertada su mano oscura. Desconocedora de la historia, términos como el racismo, la misoginia o la xenofobia le eran desconocidos.

—¿Por qué harían eso? Los obligaremos si fuera necesario. Lucharemos. Por los niños, para que vivan como es debido.

Alfonso estaba cansado. Tomó la rosa de su solapa que su mujer le había regalado antes de entregarse a la muerte. Hacía ya cincuenta años de aquello y seguía igual de roja, preservada como todo en aquel mundo. Se recostó apretándola en el puño bajo un cielo de un azul imposible y desconectó la pulsera que controlaba el cuerpo que hacía tiempo no sentía como suyo.

El mundo era una moneda al aire, una utopía que quizás saliera bien, o quizás no. Contempló a los que habrían de reemplazarle envalentonados por Covey. Conquista, Hambre, Guerra. Sonrió.

—Quien no conoce la historia está condenado a repetirla —musitó—, pero qué sé yo, en esta época ya solo soy una anacronía silenciada.

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