Greeny miraba con los ojos bien abiertos el hermoso oasis que se extendía a los pies de su atalaya. Desde el quinto piso podía contemplar con total impunidad cuanto sucedía dentro de La Comunidad. El objeto de sus deseos destacaba en medio de la escombrera en que se había convertido la antigua ciudad tecnológica, ahora solo un mar de hormigón y asfalto revenidos. Era la viva imagen del futuro y, por tanto, el centro de sus aspiraciones. Alguien le había dicho que existía una manera de entrar a formar parte de «los elegidos» y había hecho un enorme esfuerzo para intentarlo.

Se volvió hacia su pequeño vivero. Unas cuantas macetas de diversos materiales y tamaños se repartían en varios pisos orientados hacia el mediodía para aprovechar todas las horas de sol y mejorar el rendimiento de sus microcultivos. Lo había instalado en el balcón del antiguo piso familiar con un único propósito: conseguir el mejor espécimen que le abriera las puertas a su particular Olimpo.

Tuvo que trabajar varias semanas en los vertederos recogiendo materiales de reciclaje para conseguir aquella preciada semilla. Le habían asegurado que era única y de ella brotaría la rosa más perfecta que nadie hubiera ollado nunca. La llave que necesitaba para entrar en Solaria, el verdadero nombre de la comunidad solar.

Durante semanas había cuidado con esmero el desarrollo de la plantita que ahora estaba a punto de florecer. «Ya queda poco», pensó. Y no se equivocaba, en solo cuatro días estuvo lista. La envolvió con sumo cuidado y la cargó en su ajada mochila para dirigirse hacia su destino. Le temblaban las piernas de emoción.

En la puerta de Solaria fue recibido por su amigo solarita. Le había prometido que lo llevaría ante el jefe de la comunidad. Cruzaron por la puerta principal del recinto y se adentraron en un mundo verde con una enorme variedad de plantas. Aquello parecía un enorme invernadero como los que había visto en uno de los pocos libros que quedaban en su casa. Varias especies de aves, reptiles e insectos vivían allí dentro en total armonía con los humanos y sus animales domésticos. Aquello era el paraíso y estaba más cerca que nunca. Llegaron junto al responsable de todo aquello y con gran ceremonia se descolgó la mochila desenvolvió la pequeña maceta que contenía su rosa. El hombre la miró y dijo:

—No tiene mala pinta, la verdad.

—¿A qué es buena? —preguntó el muchacho con orgullo.

—Es más que buena, eso es lo malo.

—¿Qué quieres decir? —volvió a preguntar porque no entendía a qué se refería su interlocutor pero solo obtuvo silencio. El jefe se dio la vuelta y caminó unos metros-

—Se parece bastante a esta ¿verdad? —dijo.

Greeny asintió y un rubor le subió a las mejillas.

—Creía que la mía era única —balbució—. Y que serviría para entrar aquí.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó en tono burlón—. Aunque no lo creas, esa no es manera de hacerlo.


Comentarios
  • 3 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    No entiendo muy bien el final, lo que ocurre ¿por qué dice "Es más que buena, eso es lo malo."? Me gusta como está escrito, toda la historia, pero no entiendo que es lo que ocurre al final. Si supiese cómo, pondría un emoticono sonriente con una gruesa gota de sudor resbalando por la cabeza.

    :D

  • ELEEA B @eleea hace 1 mes

    Pues quiere decir que lo han timado. No es una rosa original, es una idéntica a las de Solaria.

  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    @eleea ¡¡No lo había pillado!! Pobre Greeny, quizás la rosa no fuese "autentica" ¡¡pero se esforzó como si lo fuera para cultivarla!!


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