No logro contener el temblor de mis manos, que se propaga por los platos de la bandeja. Espero, sin atreverme a respirar, confiando en que no lo oigan. Me siento estúpida. ¿Cómo podrían hacerlo si no tienen cabeza? Continúo mi camino hacia los aposentos de mis señores, como cada noche. Y, como cada noche, esquivo las mujeres decapitadas que deambulan por la casa. Con los brazos extendidos y los kimonos ensangrentados, buscan una cabeza que colocar sobre sus cuellos. He contado cuatro, como las cuatro esposas desaparecidas de mi señor.

A salvo en su alcoba, encuentro al matrimonio en la pose de siempre. Él sentado en un sillón. Ella a su lado, con la mano sobre la cabeza casi calva de su esposo. En cuanto poso la bandeja, mi señor se abalanza sobre su contenido. Ni siquiera me mira, aunque dudo que pueda verme, pues una niebla blanca empaña sus ojos. Yo tampoco le miro, avergonzada por el ansia con que devora la carne. ¿Dónde irá toda esa comida? El hombre es poco más que huesos cubierto de piel macilenta. Nada queda del glorioso samurai del que hablan en la aldea, que osó cruzar el Bosque de los Suicidas al regresar de su última batalla. De allí salió con mi señora prendida del brazo. Un escalofrío me recorre al pensar en ella, como si la humedad que rezuman las paredes se me colase dentro. Sé que la mujer de kimono blanco y enmarañada melena negra me observa, a pesar de que un velo de seda cubre su rostro. Conoce mi desliz, estoy segura. Es solo cuestión de tiempo que ordene a su esposo rebanar también mi cuello.

Al regresar a mi cuarto, la angustia me invade cuando veo el gato de trapo sobre mi almohada. Cada día lo devuelvo donde lo encontré, junto al estanque del jardín. Y cada noche regresa a mí, con su cascabel prendido del cuello. Lo maldigo, a él y al espíritu atrapado en su interior, que robó mi voluntad y me obligó a cogerlo. No hay otra explicación. Yo jamás robaría nada. 

Desesperada por librarme del muñeco hechizado, al día siguiente lo lanzo al agua. Mientras se hunde, emerge una imagen. Reconozco a mi señor. Ahoga a una niña en el estanque, bajo la mirada de un ser de kimono blanco y melena oscura. Privada de su velo, muestra su rostro pálido de implacables ojos negros y sonrisa hambrienta, con dientes como dagas. El tañido del cascabel del gato de trapo que la pequeña sostiene en la mano se apaga, igual que su vida.

Esa noche, tumbada en mi cama, oigo un tintineo que avanza entre las pisadas de las degolladas y viene a morir en mi almohada. Abro los ojos y mis temores se cumplen. Tan pegada a mi rostro que debería notar su aliento, una niña empapada me mira, sentada en postura felina. Tiene los ojos profundos y negros, y un cascabel colgado del cuello. 

—Mata a mi padre —maulla lastimera—. Quítaselo al onryō y libéranos.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 3 meses

    Me gusta mucho la evocación de esa casa llena de "muertos vivientes", muy impactante esta imagen de la primera mitad. Muy buen relato.


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