Masticaba sin ganas mi mohoso mendrugo de pan mientras esperaba pacientemente a que esos asquerosos romanos cambiaran la guardia de mi celda. No soportaba sus miradas de asco y desprecio. Galo, me llamaban pensando que eso era un insulto peor que los latigazos a los que me sometían. No lo aguantaría por mucho tiempo más; estaba preparado para dar el paso. Cualquier cosa era mejor que ser su esclavo.

Bajé la mirada hacía la daga que escondía entre mis andrajosas ropas. Aún estaba manchada de la sangre de ella. Todas las noches recordaba lo que tuve que hacer por salvarla de esta tortura, pero pronto, muy pronto, nos volveríamos a ver.

-Ya voy mi amor...

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