Te llamas Iruka Mizuko. Eres la hija del señor de la región. Todos envidian tu futuro. Ignoran que eres una mera esclava del destino; una prisionera que vive en una jaula de cristal. Hasta hoy.

Esta noche, la luna llena te acompañará a buscar tu libertad. Abandonas tu alcoba como una intrusa en tu propio hogar, sin el menor ruido y pidiendo a todos los dioses que te hagan silenciosa como un tanuki. Recorres los pasillos del castillo. Estás a punto de que los guardias te descubran, y el corazón casi se te escapa por la boca mientras consigues escabullirte. Por fin llegas hasta la sala oculta de tu padre, donde guarda aquello que has venido a reclamar: la Oni Masuku. La máscara parece dedicarte una sonrisa demoníaca. Espera que te la lleves para, sin que tú lo sepas, conducirte a la perdición.

Con la reliquia en tu yukata, te diriges al balcón más cercano. Como si la máscara te contagiara su poder, saltas al vacío. El agua gélida del foso lame toda tu piel como mil cuchillos crueles. Pero ese dolor te sabe a libertad.

Empapada y embriagada por la emoción, dejas tu castillo atrás sin saber que jamás volverás. Corres como una sombra pálida en un mundo oscuro, y un susurro parece nacer a tu espalda.

«Serás mía». Es una voz gutural, inhumana. Suena en tu mente, mezclada con los pensamientos de excitación y pánico que se entrelazan mientras avanzas a la carrera.

 Pero no vas a dejar que nada te achante. Quieres demostrarles a todos que ni la maldición ni los yuurei existen. Quieres demostrártelo a ti misma. Así que sigues corriendo mientras te adentras en el bosque, camino del manantial de la Dama Ciega.

«Mizuko, serás mía», insiste. Te obligas a avanzar, pero no puedes evitar mirar atrás. Te chocas con algo y gritas mientras ruedas por el suelo. El torii se alza ante ti imponente con su fulgor carmesí a la luz de la luna llena. Lo cruzas y el aire parece volverse más denso.

Finalmente, llegas al manantial. Es un lugar mágico, etéreo, rodeado de piedras, juncos y bambú. Sacas la máscara de entre tu ropa y la observas. Te sientes tentada a ponértela, a reclamar su poder.

«Hazlo», te ordena.

Pero tú la ignoras y la lanzas al agua.

Del manantial surgen dos sacerdotes que sujetan con sogas rojas a una mujer vestida de blanco. Su cara está oculta bajo una pieza de madera que reconoces: la Oni Masuku.

Las cuerdas rodean tu cuerpo. Los sacerdotes retiran la máscara de la joven, que desaparece con una sonrisa. Cuando te colocan la máscara infernal, notas cómo los dos pinchos ocultos tras los ojos te condenan a la oscuridad eterna. Así, comprendes que perpetuarás aquello que pretendías negar. Las lágrimas se mezclan con la sangre bajo la máscara. Te hundes con los sacerdotes en las aguas, que serán tu prisión hasta que otra mujer incauta decida poner en duda tu existencia.

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