El sonido del metal contra el metal. El resplandor del filo de la katana. La sangre sale del cuerpo con cada latido.

Corres mientras desenvainar la katana. Cuerpos que caen sin vida. Lágrimas y sangre. Fuego a tu alrededor. La pagoda al fondo.

Tu cuerpo segrega cada vez más adrenalina. Necesitas ir más rápido. Otro soldado, otro kabuto roto. Sin golpes innecesarios. Sin tiempo de reacción. Asi te haces paso hacia la cima de la pagoda.

Gritos e histeria. La tensión crece. El fuego amplifica tu sombra. La alarga. Pero no puede reflejar tu rostro: ojos negros, expresión tranquila esculpida con sangre y lágrimas. Tu espada se alimenta de ese miedo. Corte a corte. Más afilada. Más resistente. Más ligera.

Cruzas el recodo del pasillo. Recuerdas a esos soldados. Tú en los cultivos de arroz. Con la espalda doblada como única enseñanza de la vida. Llegaron con tambores. Rápidos y ruidosos. La sangre y el miedo como estandarte. Recuerdas cómo golpearon a tu hijo y luego lo mataron. Ensartado como un cerdo. Desde la boca hasta la nuca.

Lo lloraste. ¿Qué podía hacer un granjero contra el poderoso shogun Amakusa Shiro?
Los lamentos escuchados por la yurei. La katana ofrecida. El regalo envenado. La locura del oni que la poseía. Instalado en tu cerebro. Jugueteando. Manipulandote.

Pero ya no estás allí. Ahora estás frente a ellos. Samurais de honor impoluto. Tu pones el cuerpo, el oni la experiencia. Tajos horizontales hacia el kabuto. Buscando la abertura. El fallo en la guardia. El error. Son muy buenos pero son humanos. Sagran. Caen. Mueren como los demás.

Y ahora el shogun. Sientes como el golpe llega antes de llegar a la puerta. Un puñetazo que te desequilibra. Lanzas tajos pero tu espada está embotada. Puñetazos desde la izquierda y desde la derecha. Tu acero se vuelve pesado. Un golpe te saca el aire. El metal se agrieta como tu confianza.

El shogun se ve imponente. Vuelves a estar de rodillas.Con un oni que te tortura. Lo notas sobre ti. Notas sus golpes. Más rápidos. Más fuertes. Te arrastra sobre el suelo.

―Te voy a hacer lo mismo que le hicieron a tu hijo, bastardo―. Te susurra.

Te degüella y clava la cabeza en una pica. Desde la cabeza hasta la nuca. Como a un cerdo. Con las lágrimas de la derrota aún frescas.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 17 días

    Pero... pero... ¡¡¡¿Por qué nos has robado a los lectores la venganza?!! Eres cruel. Te noto suelto en la escritura, muy ligero y ágil, manteniendo la carnicería y la crueldad fatalista, el estilo al fin y al cabo, pero como renovado. Genial. Muy bien escrito. Espero que cuando pongan las puntuaciones esté bien alto. @Jesus

  • Not Today darkman @Farran hace 8 días

    Buen ritmo, algún desliz de tecleo en un par de palabras y un relato que nos deja sin aliento, y que nos descorazona por su realismo; los malos suelen salirse con la suya. Buena reentrada Jesús.


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