Jun se despertó de golpe empapado en sudor, con el corazón acelerado, incapaz de moverse. 

Había sufrido una pesadilla tan real que le costó unos instantes comprender que el mismo ruido del sueño seguía sonando en la habitación. 

Tap.

Parecía un árbol próximo a su cabaña cuyas ramas, mecidas por el viento, chocaban contra la pared de la cabaña. 

Tap.

Una y otra vez, marcando un acompasado golpeteo. 

Tap.

—Ayúdame.

La voz débil de su amigo le sorprendió. ¿Había sido Akio quien había despertado a Jun? La expresión de su amigo Akio le hizo olvidarse del ruido: pálido, con ojeras oscuras debajo de sus ojos y un fino sudor cubría su frente, se encontraba acurrucado en un rincón.

—Te han pillado husmeando, ¿verdad?

Jun no tenía que preguntar de qué se trataba, porque ya le había dicho antes que era mala idea.

La noticia de la visita del shogun había corrido como la pólvora. Toda la comitiva pasaría unos días en la aldea de camino al asedio de Osaka. Se decía que el shogun poseía un arma especial que iba a resolver rápidamente el conflicto. Un objeto legendario, maldito, encantado. Akio se moría por saber qué era; Jun estaba convencido de que era un cuento de viejas.

Su amigo se había ido a indagar convencido de que, por la noche, los soldados hablarían después de unos cuantos tragos de sake. 

—Ven.

Akio ya estaba abriendo la ventana de la habitación de Jun y saltando por ella. Su amigo dudó unos instantes, pero estaba realmente preocupado y le siguió.

La oscuridad del bosque les engulló. 

Las ramas dibujaban siniestras figuras, la luz de la luna creaba sombras terroríficas. Jun estaba convencido de que volvía a escuchar ese mismo ruido repetitivo de su sueño. Lento, incesante y acompasado.

—¿A dónde vamos?

Akio no se detenía. Avanzaba entre hierbajos, que le arañaban las piernas sin cuidado. Las ramas crujían debajo de sus pies, como las cáscaras de insectos muertos. 

Tap. 

Llegaron a un claro en el bosque y, cuando Akio se hizo a un lado, Jun pudo ver un cofre en el centro del prado. Se adelantó a su amigo un par de pasos.

Tap.

El cofre era pequeño y Jun lo abrió sin pensárselo dos veces. Se quedó sin respiración al ver el interior. 

Tap.

¿Qué...? ¿Era ese el objeto del shogun? ¿Cómo…? ¿Cómo había conseguido Akio hacerse con el cofre? 

Tap.

Se volteó para preguntárselo a su amigo, pero no estaba a su lado. 

Tap.

De los árboles que rodeaban el claro, meciéndose con el viento y chocando contra el tronco del mismo, colgaba el cuerpo inerte de Akio, marcando un golpeteo acompasado. 

Tap.

Al lado, esperaba otra soga para Jun, quien había perdido toda fuerza de voluntad y control sobre sí mismo, embrujado por el contenido del cofre. Jun se pasó la soga por el cuello.

El cofre se cerró a la espera de una nueva víctima.


Comentarios
  • 6 comentarios
  • Esredi @Magali hace 16 días

    Tuve el placer de leerte y vuelvo a votarte, porque es una maravilla de relato. Me encanta como lo has hecho. ¡Un abrazo!

  • Ele Mocca @EleMocca hace 16 días

    Gracias @Magali :) ¡Me ha hecho muy feliz leer tu comentario!

  • Raquel Valle @ValleS hace 16 días

    Me ha encantado! Sobre todo el detalle del sonido repetitivo y el descubrimiento de a qué se debía. Sobrecogedor!

  • Ele Mocca @EleMocca hace 15 días

    Muchas gracias por el comentario @valleS!

  • Felix.B @Felixbel hace 5 días

    No lo habia podido leer hasta ahora, me encantó, en especial el final. muy aterrador.

  • Ele Mocca @EleMocca hace 3 días

    @Felixbel ¡Muchas gracias por el comentario! :)


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