Era una noche sin luna, pero la tenue luz de las estrellas se reflejaba en el pulido filo de la wakizashi extendida sobre mis rodillas. Silencio en el bosque, solo el somero susurro del viento me acompañaba.


Respiré hondo. Sabía cómo debía proceder. Al fin y al cabo era un soldado, había sido entrenado para hacer lo que debía hacerse. Pero noche tras noche me resistía. Quizá mañana reuniría el valor...


«Vamos, Hideki. Hazlo de una vez», me di la orden. Tomé la wakizashi y coloqué su punta en mi abdomen.


Un aliento helado en mi nuca me hizo saber que no estaba solo. 


Me levanté de un salto, blandiendo el arma contra mi oponente. Pero allí no había nadie. 


—Hideaki. —El bosque devolvió el eco de mi nombre, murmurado con un tono de súplica y maldición.


Su última palabra. Ella había vuelto. ¿Cómo era posible? Yo la había visto morir. 


La wakizashi resbaló entre mis dedos y su sonido al golpear contra el suelo me sacó de mi confusión. No me detuve a recogerla, salí corriendo de vuelta al campamento. 


Eché la vista atrás mientras iba sorteando ramas y rocas. Por supuesto, no atisbé ni un alma, pero podía sentirla acechando. Había vuelto a por mi. 


Mariko. 


Hermosa Mariko. 


Ella tenía que saberlo. Aquella nefasta noche, también sin luna, el arma se me había resbalado. Estaba demasiado afilada, una wakizashi siempre debía estarlo. Yo no pretendía que su vida terminase de aquella manera, había sido un accidente. «Mariko, lo siento», había repetido una y otra vez mientras arrastraba su cuerpo en la oscuridad. 


—Hideaki. —Escuché de nuevo al viento susurrar. 


Pero sabía que no era el viento. 


Todos llevaban semanas buscando a Mariko y solo yo sabía dónde se encontraba. Debía contarlo, confesar... Pero no estaba preparado para las consecuencias. 


Casi había alcanzado el campamento cuando sentí la helada hoja abrir mis entrañas. Al bajar la vista me topé con mi propia wakizashi. Desconcertado, observé la hoja ascender, sin que nadie la sostuviera, para volver a ensartarse en mi abdomen. Mi cuerpo cayó sobre la fría tierra.


Seppuku, pensarían todos. Al fin y al cabo es lo que debía haber hecho de no ser un cobarde. Cuando la pasión me llevó a yacer con la hija del daimyo sabía cuál iba a ser mi destino. Pero nunca pensé que se llevaría a cabo de aquella manera.


Levanté la vista para observar la wakizashi saliendo de mi cuerpo de nuevo. Ésta vez, me pareció ver a Mariko blandiéndola. Su tez era blanca, casi translúcida. Sus ojos perdidos en el infinito. El metal del filo golpeó una roca al caer de sus frías y cadavéricas manos, y fue lo último que escuché. 


Todos pensarían que había sido una muerte honorable. Solo ella y yo sabríamos que había sido ojo por ojo. 

Comentarios
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 14 días

    Me gusta como vas describiendo la escena permitiendo que la imaginación fluya por la acción de manera orgánica.


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