«Un samurái debe tener arrojo heroico», recuerdo que repetía mi sensei en la escuela desde que yo era apenas un niño recién llegado del arrozal. El coraje era una virtud sagrada, protagonista del segundo mandato del camino del guerrero, que dictaba: «reemplaza el miedo por el respeto y la precaución.» Nos enseñaron a no temer a la muerte, a mirar al peligro a los ojos, a afrontar nuestro destino.

Y, sin embargo, no nos prepararon para enfrentar los oscuros seres que pueblan la noche. Los espíritus perdidos. Hoy os contaré cómo mi coraje fue puesto a prueba hace muchos años.

Mi amigo Taka y yo caminábamos de noche por el camino que lleva de Nara a Kyoto, cuando me pareció divisar un pedazo de tela a un lado del camino.

—Es un omamori, un amuleto de buena suerte —comentó Taka—. Mi madre siempre llevaba uno que mi abuela confeccionó para ella al poco de nacer.

—¡Esperad! —exclamé, horrorizado por la idea de que perteneciera a otra persona—. Quizá no debamos tocarlo.

Taka no me hizo caso y se lo guardó, contento de su nueva adquisición. Ignoraba que, al hacerlo, había desenterrado algo más que un fetiche bordado.

Apenas dimos unos pasos, cuando salió al camino una mujer vestida con un kimono completamente blanco. A pesar de que había luna llena, su plateada claridad no era suficiente para iluminar su rostro, oculto tras el velo de unos cabellos oscuros. Llevaba un bulto entre los brazos.

—Por favor, honorables samuráis, sujetad a mi bebé —su voz sonaba en extremo afligida, por lo que Taka no se lo pensó dos veces e hizo cuanto le pedía.

Esperé a que la dama hiciera algo ahora que tenía los brazos libres, pero no se movió. Siguió inclinada, con aquella cascada de pelo escondiendo su cara.

—Es como si… —dijo Taka, extrañado, con el bebé en brazos— se volviera más pesado a cada momento.

Me volví hacia la mujer, que ahora sí alzaba la mirada lentamente. Poseía un rostro abotargado, con los ojos abolsados por la inconfundible fatiga de quienes no han hallado sagrado descanso tras la muerte. Aquella mirada que me persigue en sueños desde aquel día. Comprendí de súbito que en aquella espectral prueba nos jugábamos la vida.

—¡Por lo más sagrado, Taka, no lo soltéis!

—¡No puedo! ¡No puedo más!

La frente de mi amigo se perló de sudor, a consecuencia del formidable esfuerzo que estaba soportando. Sus brazos temblaban y se le mudó el color del rostro. Con pavor vi que no sería capaz de aguantar más y extendí mis brazos por debajo de los suyos, justo a tiempo de detener la caída del pequeño.

La mujer chilló, taladrando mi mente con tal fuerza que me vi obligado a cerrar los ojos. Cuando los abrí, ella había desaparecido, al igual que el bebé y mi amigo Taka. Desde aquel día, mi piel y mi pelo se tornaron blancos. Y nunca jamás volví a desenterrar nada en los caminos.











Comentarios
  • 2 comentarios
  • Felix.B @Felixbel hace 16 días

    Haha, y yo que me la paso recogiendo cosas de la calle. Que terror, ya no lo haré más. Excelente relato.

  • Muchas gracias!! Me hace mucha ilusión que te haya llegado a despertar terror


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