Ame acarició la superficie de la cajita de jade deslizando sus temblorosos dedos por el signo esculpido en su tapa. Fingió tropezar para introducirla con la habilidad de una ladrona en el bolsillo del niño: el hijo del daimyō. Nadie lo notó.

Era la esposa del samurái Yukio, cuyo señor feudal había sido ejecutado por el actual daimyō esgrimiendo falsas acusaciones. Según la tradición, sus guerreros debían aplicar el código y suicidarse en un ritual multitudinario. Algunos se negaron y fueron desterrados.

Yukio era uno de ellos y, convertido en rōnin, vagó sin rumbo con los demás. Buscaban el modo de vengar a su señor pero sin suerte, sin honor, sin nada, fue decayendo el ánimo y después cayeron ellos, uno a uno, transformados en fantasmas. Solo Yukio resistió. Vagaba sin descanso escoltado por sus compañeros espectrales, que ahuyentaban a quienes se cruzaban con ellos y reconocían la vestimenta funeraria en sus atuendos blancos.

Aquello no era vida, ni para él ni para su familia. Su amada esposa pronto daría a luz a su primer hijo y si no lo remediaban, nacería rōnin como el padre. Por ellos consintió y decidió seguir las instrucciones que una hechicera le había dado a Ame, junto con la cajita.

—Confío en ti —dijo Yukio antes de tomar el brebaje.

Tras hacerlo Ame observó, petrificada, cómo el espíritu de su esposo se metía en la cajita de jade.

Esa noche el daimyō estaba enojado. Alguien había introducido un objeto prohibido en el palacio burlando la seguridad y aprovechándose de la inocencia de un niño, ¡su hijo! La caja refulgía a la luz de las velas cuando sonó un golpe y se movió. Permaneció a la espera, no sucedió nada. Acercó el oído... Algo parecía bullir dentro y la curiosidad le pudo.

Abrió la caja liberando una ráfaga de aire gélido que golpeó su rostro. Un grupo de espectros se materializó ante él, helándole la sangre. Todos llevaban sus ropas mortuorias excepto el más terrorífico, vestido de samurái. Intentó huir pero lo rodearon. Quiso gritar y solo consiguió dibujar una mueca. Acorralado, se hizo el harakiri con la catana que el fantasma de Yukio le ofreció. Éste abrió la boca y chupó su esencia.

Poco tardó en escupir dentro de la caja aquella alma negra tan desabrida asegurándola con un candado. En un segundo, el grupo de ánimas se trasladó a la gruta inaccesible donde la dejarían depositada junto a otras muchas.

Mientras, en su casa, Ame miraba expectante el cuerpo inerte de su esposo. Leyó, resaltando la voz, los versos que la hechicera le había vendido con la caja. Una bruma gélida llenó el cuarto y penetró en su cuerpo. Su amado regresó.

Algún tiempo después...

—Con la devolución de la espada a su legítimo dueño... queda saldada la deuda —dijo el recién nombrado daimyō, proyectando la voz sobre la multitud congregada—. ¡Bienvenido samurái! —gritó.

—¡¡Bienvenido!! —respondió la concurrencia.

Yukio se mantuvo erguido mirando a su familia. Detrás, sus compañeros de armas sonrieron y se esfumaron para siempre.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar