El señor del castillo, el daimyo, duerme en su habitación sin descansar. Se agita febril, atormentado al borde de la muerte, a causa de un espíritu que se alimenta de su energía. Su rostro se ve tan desmejorado que cualquiera diría que ha adoptado las facciones del ser sobrenatural, el espeluznante zorro de doble cola, que le visita cada noche.

En el cuarto de al lado, la onna bugeisha Midori Sato, su mejor guerrera, monta guardia. Mientras, junto al convaleciente aguarda un hechicero; un onymoji. El brujo es un hombre delgado, de pelo largo. Viste un kimono raído mientras sujeta, con los ojos cerrados, una extraña caja.

De pronto, se escucha un ruido en la habitación, junto al lecho del señor. Un pequeño animal, similar a un zorro de piel refulgente, surge de entre las sombras. El espíritu olisquea al daymio mientras le enrosca su cola bífida en el cuello. El noble gime ante la presencia sobrenatural, la respiración se acelera. Su piel parece pegarse más a los huesos, como si le aborbiese la vida. En ese instante el hechicero abre los ojos y destapa la caja. Su voz resuena de forma grave, con una letanía que corta igual que una espada. Con un destello, el espíritu se ve forzado al interior de la caja, que es tapada con un rápido gesto. La tranquilidad regresa al cuarto junto a la respiración del señor, que vuelve a ser acompasada.

El panel de madera corredizo de la habitación contigua se abre. Midori Sato entra decidida.

—¿Ya ha terminado? —susurra.

El brujo asiente. Todavía mantiene la caja entre sus manos.

—¿Está ahí? —pregunta la guerrera—. ¿Es un cofre Muramasa?

Por primera vez el onymoji parece reaccionar.

—Así es. ¿Lo conoces? —se interesa.

—Algo he oído —responde la mujer samurái—. Es un objeto encantado. Capaz de atrapar y doblegar la voluntad de los monstruos—. Rebusca entre los pliegues de su kimono y saca una caja similar—. Yo también tengo uno. La diferencia estriba en que no es la herramienta de un vulgar estafador.

En ese momento la guerrera destapa su cofre. Un fuerte resplandor ilumina la estancia y el onymoji es arrastrado al interior.



Cuando el brujo es liberado ya no se encuentra en el castillo. Está en una especie de dohyō, rodeado de espectadores; un espacio para el combate. Las casas bajas, propias de los suburbios, crecen alrededor. Ha oído hablar de estos lugares, reñideros de espíritus en los bajos fondos. Midori Sato está frente a él.

—Descubrí tus intenciones desde que llegaste al castillo —declara la mujer—. Tu shirikami, el espíritu, enfermó a mi señor solo para que representases la farsa de curarlo. Ahora pagarás por ello. ¡Lucharás para mí!

La samurái abre otro cofre Muramasa del cual no se había percatado. Su rostro palidece mientras el público comienza las apuestas. Grita cuando ve el monstruo al que se enfrenta. Un embrujo le impide pedir ayuda. Solo se le permite repetir su nombre una u otra vez, hasta la extenuación.



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