El shogun se llevó a la ciudad a Yoshio para que fuera uno de sus generales. A cambio, me permitió vivir con Sayumi y Kyoko en la casa fuera de la aldea, junto al bosque prohibido y nos regaló el libro de los espíritus yōkai. «Te protegerá» dijo.
Cada mañana Sayumi salía a buscar flores y moras silvestre en las lindes del bosque. Sabía que de ninguna manera debía entrar. Aquel día vio una mujer esqueleto que llevaba a un hombre de la mano hacia el interior. Los siguió. Cuando los alcanzó, Sayumi le preguntó al hombre que porqué iba con aquel espectro. Ella se giró mirando a la niña con sus horribles cuencas vacías en una cabeza descarnada. «Niña, ¿qué dices?» dijo el hombre. Y al volverse hacia la que creía una mujer la vio en su forma natural. La niña había roto el hechizo. Era la Hone-onna. Le llevaría a su cueva para absorberle su energía vital. El hombre huyó despavorido. Hone-onna agarró el brazo de la niña con su mano huesuda.
Sayumi llegó sollozando mientras yo le enseñaba a kanjis a Kyoko. Me contó lo sucedido. «Encuentra a quien muera por ti y tú podrás vivir» le dijo el espectro.  «De lo contrario iré a buscarte a media noche».
¿Qué madre no se entregaría por su hija? Pero si regalaba mi alma a Hone-onna, Kyoko y Sayomi perecerían antes de que su padre volviera, eran demasiado pequeñas para sobrevivir.
Nos acostamos temprano. Apagué los candiles y tan solo dejé encendida la vela de nuestra habitación. La luz proyectaba sombras que bailaban sobre las paredes. Las niñas se durmieron pronto.
Cuando llegó la media noche la vi en la esquina opuesta de la habitación, apenas era una silueta extraña. Parecía una mujer a la que los brazos de otras dos mujeres abrazaran desde atrás. La luz se apagó y solo la luna nos iluminó. «Dame a la niña» dijo con voz amenazadora.
Entonces los brazos se abrieron. Hone-onna se lanzó al suelo y comenzó a andar hacia nosotras sobre sus seis brazos como si fuera una araña.
Saqué el libro sagrado y lo abrí por la página marcada. Encendí una vela. «Conozco tu nombre, eres Tsuyu». Entonces vi que su rostro se retorcía, mientras cientos de colmillos se movía en su boca. Se colocó frente a mí. Olí su aliento pestilente.
«¿Crees que pronunciar mi nombre evitará que hoy me lleve un alma?» dijo. Y sin poder quitar la mirada de su rosto cambiante, cogí el libro mágico y lo acerqué a la vela. El libro prendió. «¡Aléjate de ella, Perra!» le grité a la vez que le lanzaba el libro en llamas. La Hone-onna retrocedió y cayó con sus brazos hacia arriba. Pero el fuego del libro ya había encendido su cuerpo peludo y se retorcía sobre el tatami envuelta en llamas.
Dicen que los yōkai no arden. No era cierto.
Libramos al bosque de aquel mal y por eso ahora nos pertenece.

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