Mi padre exclamaba indignado: "¡Era un gran general! Tú nunca serás como Brutus, ¿verdad, hijo?".

Yo negaba con la cabeza mientras el siervo me llenaba el cuenco.

Mi madre se llevaba la comida a la boca en silencio; nunca le gustó la Política.

Mi hermano me habría sonreído confidencialmente si no se encontrara navegando y amasando una fortuna de comerciante prometedor por el Mediterráneo. Era el orgullo familiar.

"La justicia romana ya no es lo que era... ¡Los propios cónsules apoyando un asesinato en la mismísima puerta del Senado!".

El panorama empeoraba por momentos. Mamá decidió poner calma.

"Querido, ¿tenemos noticias de Casio?".

"La última fue que se le había visto estrechar la mano al ciudadano más poderoso de Hispania. ¿No te gustaría ser como él?".

Me quedé mudo. Pero aproveché: "No, quisiera ser un valiente gladiador".

Mi padre me miró como si le hubiera apuñalado el costado.

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