El frío le calaba los huesos, pero eso no lo detendría. Su buen amigo, el honorable Daiki Yoon, el samurái más diestro de todo Kioto, no se había presentado a la reunión con el emperador. Su ausencia se había achacado a un retraso en su viaje por el tiempo tormentoso, las preocupaciones comenzaron tras transcurrir semanas sin recibir señal alguna. Era frecuente escuchar historias de desapariciones, dada la gran inestabilidad y las continuas luchas entre clanes. Pero Daiki gozaba del beneplácito del  shōgun y era un maestro de la katana, la gente lo temía y respetaba, se necesitaba más que eso para acabar con él. Desde siempre habían sido compañeros, de vida y de guerra, por lo que investigó para buscarlo, y los testimonios lo llevaron al lugar donde se encontraba.

La puerta chirrió al abrirla. El suelo crujió a su paso, daba la impresión de que nadie había visitado esa casa en años. Apenas entraba luz, debido a la suciedad que empañaba las ventanas.  De pronto, oyó un ruido, seguido de una especie de voz. Desenfundó su katana y siguió el sonido, que aumentaba de intensidad a medida que se iba internando en la casa. Parecía el canto de una mujer. Finalmente, entró en una habitación completamente vacía, excepto por un abanico que se hallaba en el centro del suelo, de donde provenía la música. Sus instintos le decían que huyera, pero algo le invitaba a acercarse al objeto. Lo cogió con cuidado y lo examinó por ambos lados, parecía antiguo, pero no tenía nada de especial, salvo su sonido, claro, que cesó repentinamente. Levantó la mirada y se topó con la de una mujer etérea, vestida de blanco y con el cabello negro como el tizón. 

<<Un yuurei>> pensó, aterrado. La mujer no le dio tiempo a reaccionar.

—Bienvenido —dijo, colocando un dedo sobre su frente.

El entorno cambió. Vio a una hermosa joven, una saburuko, pasear del brazo de un apuesto hombre que era... ¿el emperador? Escenas transcurrían, en las que conversaban, reían y se besaban apasionadamente. Luego, volvió a aparecer la misma mujer, embarazada, y después, huyendo con un bebé entre los brazos y escondiéndose de figuras que la seguían. Observó como varios samuráis, entre los que se encontraba Daiki, mataban a sangre fría a la joven y a su hijo, bajo las órdenes del emperador, por ser un bastardo real. Escuchó la pronunciación del juramento de la madre, que mientras se desangraba, prometía que no descansaría hasta ver muertos al emperador y a todos sus siervos. Finalmente, se mostraron samuráis de diferentes zonas, en esa misma casa, suplicando por su vida y muriendo asesinados a manos de la mujer, la misma que él ahora tenía delante.

Cuando comprendió todo, intentó clavarle la katana, pero  esta había desaparecido de su mano. Se dispuso a gritar, pero sus cuerdas vocales no obedecieron. El terror se reflejó en sus ojos.

—Shhh, será nuestro secreto —sonrió la mujer, acariciándole la mejilla con delicadeza.

Fue lo último que escuchó, antes de que todo se oscureciera.

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