En la profundidad de la noche solo se escuchaba el tintinear rítmico de las anillas en el shakujō del mayor de los monjes. Éste avanzaba en silencio con el rostro oculto en sombras por su sombrero. El muchacho que lo seguía llevaba la cabeza al descubierto y miraba la luna llena que iluminaba el bosque.
—Takeda-Sama, ¿por qué continúa llevando el kasa puesto? Ya no llueve.
El maestro guardó silencio, pues ante ellos la arboleda desapareció para abrirse el claro con el camino que llevaba a una gran casa, iluminada por antorchas y rodeada de soldados.
—Porque esta noche no debes creer nada de lo que veas, Haru.
El joven kōhai quedó pasmado ante la repentina aparición del edificio. Sabía que eso podía significar un buen techo y comida si eran aceptados. Sus temores de niño le hacían escaparse de los Shogunes. Ya no era un infante, y debía temer a su maestro antes que nada.
Avanzaron y Takeda-Sama ignoró a los guardias, cruzando las puertas para entrar en el patio principal. Haru tragó saliva e hizo una reverencia, disculpándose por el descaro de su maestro.
El aprendiz alzó la vista cuando unas notas se alzaron en el aire con el primer tañido de la medianoche, danzando con las hojas al viento.

—¿Un… Koto? ¿A estas horas?

Haru caminó hacia el porche guiado por la música que bailaba en el resonar de la segunda campanada. Todas las antorchas se encendieron y el joven pudo ver en el trasluz del tapiz la sombra de una joven que tocaba el instrumento de forma melodiosa.

—Disculpe, Señorita, mi maestro y yo buscamos asilo esta noche y…

—¡Aléjate de ahí, Haru!
Una nota grave del koto. No. El tercer tañido del reloj sumió el patio en la oscuridad. El joven, que se había girado hacia su maestro, se encontró con las garras del yokai en el cuello.
Takeda-Sama corrió sin detener sus rezos, pero el intento de golpear al demonio fue en vano y el joven Haru se transformó en arena bajo los dedos de aquella mujer sin rostro. Del muchacho solo quedaba el rosario y sus vestiduras.
—Libera tu alma, demonio. Descansa en paz y deja vivir a los mortales.
Un chillido atronador se alzó en la noche y el yokai saltó contra Takeda-sama. Éste le lanzó los pergaminos con los rezos e intentó un nuevo golpe. Otra vez fue inútil. Pudo vislumbrar el koto en la penumbra. El instrumento permanecía oculto en el edificio.
Takeda-Sama se encomendó a Buda y corrió, descargando un golpe de su bastón con toda la fuerza de su cuerpo para quebrar el instrumento.
—Con eso quedas liberado, demonio. Ahora…
Sus palabras murieron cuando el reloj repicó por última vez contando la medianoche. Takeda-sama se transformó en arena con el contacto del yokai.
Y éste, que ya no tenía que numerar horas de vida, comenzaría a contar cada minuto de sus muertes para alimentarse.

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